Es un homenaje al niño, al juego y al
titiritero. Al juego, por ser el sagrado territorio del gozo y el
libre fluir de los sentidos. Al niño, por ser el habitante
privilegiado de tan singular mundo, en una tierra cada vez más
agobiada por los delirios de la producción en masa.
Por su contenido y por su forma, la obra es
al mismo tiempo una trampa y una ilusión óptica, a la manera de
una telaraña concéntrica en la que se ve envuelto el espectador.
ARGUMENTO En esta
obra, dos endiablados niños – Tito y Tato – se sumergen en un mundo fantástico y guían al espectador por el camino
que conduce al país lúdico.
En este universo, donde la sorpresa y la
aventura transgreden las punzantes fronteras de la fría realidad, los
“espíritus lúdicos” son seres clandestinos y traviesos que se
ocultan tras los biombos, con la fija intención de hipnotizar y perfumar
con el aroma del juego dramático el corazón blindado de los adultos
prejuiciados, que contemplan como una ridícula pérdida de tiempo el
ocioso aleteo de los niños.