Conociendo el arte de los títeres en Colombia

Actualizado: 25 de jul de 2019

Escrito por: Consuelo Méndez y César Álvarez


EL DOBLE DEL HOMBRE


Se suele decir que el títere es una lengua universal, pero es necesario también decir que ese carácter no lo adquiere sólo en cuanto a su forma de expresión sino en cuanto es la forma de expresión del doble del hombre, el títere es el arte del doble y es allí donde sus orígenes se confunden con el de la máscara, el teatro y otros desdoblamientos simbólicos. De esta manera, el títere y la máscara en cuanto a objetos animados permiten una clara conjunción entre lo consciente y lo inconsciente; y entre el sujeto y el objeto necesarios para este desdoblamiento se desarrolla un interesante juego dialéctico en el que participan el títere y el titiritero, y se conjuga de manera dinámica, lo que se muestra y lo que se esconde.



César Santiago Álvarez e Iván Dario Álvarez. Foto de Carlos Duque

Finalmente hay que decir que el teatro de títeres no solamente es el arte del doble y no la forma teatral capaz de ofrecer el espectáculo del desdoblamiento(??no se entiende el párrafo por las expresiones de “no”?). El títere materializa ese otro yo que habita en el hombre y que se escapa de su realidad con el riesgo de jamás encontrarse frente a sí. Tal como lo afirma Annie Gilles “el juego del títere establece la dualidad humana y sus contradicciones y se convierte en un exorcismo en el que la palabra y la imagen, es el instrumento”.


Partiendo de estos supuestos en los que nos interesa destacar al títere como objeto animado que pone en escena el doble del hombre, podemos afirmar que el títere es tan milenario como la humanidad y por lo tanto sus orígenes están asociados a las ceremonias religiosas de las sociedades primitivas. Francisco Porras, en su libro “Títeres: Teatro Popular”, citando a la titiritera argentina Mane Bernardo, escribe: “El hombre primitivo descubrió la sombra danzante en la pared de una caverna. Luego modeló con barro figuritas humanas estáticas, pero necesitó moverlas y tuvo entonces que fraccionarlas. Su necesidad expresiva lo llevó a hacerlas vivir, representar, fingir todo aquello que taponaba su alma y que imperiosamente quería volcar al mundo que lo rodeaba”.


3. EL HOMBRE Y LO SOBRENATURAL


El hombre ante su imposibilidad de explicar ciertos fenómenos de la naturaleza los eleva a la categoría de sobrenaturales dando origen al binomio mito-rito, en el que ciertos objetos adquieren poderes que le han sido vedados al hombre y son capaces de controlar y determinar fenómenos que de otra manera les serían inasequibles como provocar la lluvia, calmar las tormentas, proteger, curar las enfermedades, etc. Lo sobrenatural adquiere entonces el carácter de sagrado y es que el hombre de las sociedades primitivas es en esencia el “homo religiosus” y como tal tiene la tendencia a vivir lo más cerca posible de lo sagrado y en la intimidad de los objetos consagrados. Lo sagrado equivale a la potencia y ésta significa perennidad y eficacia. Dicha potencia para manifestarse recurre a un objeto real, un árbol, una piedra, una laguna, un ídolo, surgiendo así el animismo como “esa manifestación de algo completamente diferente, de una realidad que no pertenece a nuestro mundo, en objetos que forman parte de nuestro mundo natural, profano”.



César Santiago Álvarez.

Al manifestar lo sagrado, un objeto cualquiera se convierte en otra cosa sin dejar de ser él mismo, pues continúa participando del mundo; el árbol sigue siendo árbol y para quienes éste se revela como un objeto sagrado su realidad se transmuta en realidad sobrenatural.


En este sentido creemos que los títeres, en cuanto a objetos animados están íntimamente ligados a las tendencias animistas propias de las sociedades primitivas. Según Gastón Baty “cuando las fuerzas sobrenaturales reciben nombre y se vuelven dioses, no demoran en ser figurados y el ídolo preside las ceremonias mágicas. Encontramos por todos lados estatuas móviles, cuyas cabezas y brazos están movidos por cuerdas y contrapesos que representan al dios. La magia primitiva se basa en la analogía: un gesto de la imagen, traerá el gesto correspondiente de la divinidad que ella representa. Más tarde cuando la liturgia se haga más complicada y dramatizada, obligará a la imagen a intervenciones más difíciles, a gestos menos simples y será necesario arriesgarse a reemplazarla por el hombre.


Por lo menos se tratará de salvaguardar en lo posible el aspecto de la estatua que reemplaza; se cubrirá el rostro con pintura, se cubrirá con una máscara, se perderá la imagen de su cuerpo en trajes rellenos realzados por contornos, se hará lo posible porque siga pareciéndose al ídolo, ese gran títere”.


4. MITO Y RITO


La realidad en que se ha movido el hombre desde sus orígenes es una sola y podríamos decir que es además única e inmutable. Sin embargo son distintas las interpretaciones que históricamente ha hecho el hombre para comprender el misterio que ella encierra. Y en los dos extremos de dicha interpretación encontramos la ciencia y el mito.


Para el hombre que no adquiere sus conocimientos mediante los procesos de abstracción propios de la ciencia, el mito es “La Ciencia” que lo pone en condiciones de resolver los problemas vitales a su manera, es decir, de acuerdo con su representación. A través del mito, el hombre explica su realidad y su contorno bajo el supuesto de formas sobrenaturales a las que su imaginación da la forma sensible y corpórea de deidades.

El mito narra la historia sagrada de los pueblos, es decir constituye una explicación de un acontecimiento primordial que tuvo lugar en el comienzo de los tiempos. En la medida que esta explicación se escapa de todo lo racional y accesible al hombre, se convierte en un misterio y su relato no es otra cosa que una revelación. El mito es pues la revelación de un misterio y sus personales no son seres humanos sino héroes o dioses a los que el hombre no podría conocer sino le fuesen revelados.

En la medida en que a través de los mitos se narra lo que los dioses hicieron al principio de los tiempos, se convierten en verdades absolutas, en designios sagrados a los que el hombre deberá respetar y estar siempre sujeto.


De esta manera, el mito cumple la función primordial de fijar los modelos ejemplares que regirán el comportamiento de los hombres y que se institucionalizarán a través de los ritos propios de todas las actividades humanas significativas como la alimentación, la sexualidad, la educación, el trabajo, etc. El rito es pues la repetición simbólica del acto primigenio de los dioses.


El pensamiento mítico transforma la realidad aparente en una realidad “encantada” en la que todas las cosas y todos los fenómenos tienen origen y explicación en los actos divinos, es por esto que tienen la virtud de transubstanciar, transmutar lo material en divino, pues la apariencia física de las cosas no es más que un disfraz, detrás de lo cual se esconde la verdadera sustancia.


En este sentido, los muñecos, las estatuas y demás objetos y figuras, adquieren la categoría de ídolos “que no representan o sustituyen a la divinidad, el hombre o el símbolo, sino que son el ser mismo, la propia divinidad, el hombre en persona, la real encarnación del símbolo”.


De esta manera se convierten en objetos animados, es decir, poseedores de un alma inherente a su naturaleza, pero que se manifestará y hará explícita en los diferentes ritos.


El ídolo, ese “gran títere” ligado permanentemente al mito y al rito, se hace presente entonces en todas las culturas. En Egipto, por ejemplo, aparece unido a las representaciones de la resurrección de Osiris, mientras que en Grecia, juega un rol muy importante en las ceremonias dionisíacas; en algunas civilizaciones se hace evidente su rol intermediador entre los dioses y los hombres, como en Java, donde el dalang no es solamente el manipulador de los wayan-kulit, sino que es el intermediario entre los espíritus y la asistencia que estos le prestarán a los humanos, su rol es el sacerdote, y el títere su objeto sagrado; en Japón se dice que el origen de los muñecos es la rama de un árbol pues los títeres surgieron de la rama de la cual se valían los sacerdotes Shiinto para hacer venir la divinidad, esta rama se convertía en el soporte material que permitía al espíritu encarnarse dentro de los humanos.


Las menciones anteriores dejan entrever un hecho común a todas ellas y es que ante cualquier misterio de la naturaleza, hay que crear una figura que la represente: nace así el primer muñeco, el primer ídolo y toda la escenificación primitiva constituye la base del teatro de muñecos. Se puede afirmar entonces que en general el arte de los muñecos ha crecido a la sombra de la religión.

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