La lúdica de los Libélulos


“El niño nace artista y la sociedad lo corrompe”

Álvaro Morales Ríos


De entrada, sin más ni más, Tato y Tito le ponen fin a uno de los más tradicionales héroes infantiles de los últimos tiempos: el llanero solitario. Va cabalgando, de espalda a los forajidos, y así terminan sus días. Claro que el personaje que lo encarna en la obra “Los Espíritus Lúdicos” hace notar su enorme insatisfacción porque así ha terminado un juego que apenas iniciaba. Pero sigue un mundo de magia y sueño maravilloso en que esos pequeños que todos llevamos dentro se sumergen, con público incluido, después del cual nadie puede olvidar que nacimos para eso, para soñar.


Ese es el comienzo maravilloso de la obra que un trío de titiriteros empezó a crear sobre la base de una historia que buscaba fundamentalmente recuperar los juegos infantiles que la generación de la televisión y la Coca Cola ha empezado a olvidar. Iván Darío y César Álvarez, junto con Jairo Alemán, son los hombres que tras bambalinas, ocultos, crearon a estos personajes que para niños y adultos significan algo así como recuperar ese universo de cosas bellas que el mundo actual ha hecho perder a la inocencia y la picardía. Un año y medio se necesitó para este propósito que nació primero en un texto, se fue desarrollando en la elaboración de los muñecos y el espacio en que deberían desarrollar su historia, y culmina cada vez que una función de “Los Espíritus Lúdicos” llega a su fin.


Una función, quien lo creyera, es algo diferente a la otra, porque Tato y Tito no viven solamente para el guión preconcebido que les dio vida, sino que incorporan a su historia de cada vez algunos elementos propios del instante, como el año pasado que hicieron su presentación en la Feria Internacional del Libro, y en medio de un torrencial aguacero que impedía a los asistentes escuchar los parlamentos, apareció Tato tras una breve interrupción con vozarrón de macho, diciendo: “Uyy, Tito, que aguacero tan verraco”. Pero detrás de todo esto están sus creadores.


Imagen de la obra "Los espíritus lúdicos"

La creación


“El tema nace para resaltar ese elemento que hay entre lo lúdico y el arte, o entre el juego de los niños y el arte. Creemos que los niños son creadores por excelencia. Queríamos hacer un homenaje a ellos porque pensamos que la mejor manera de acercarnos al arte es a través del juego. Porque el niño nace artista y la sociedad lo corrompe y porque de paso queríamos crear un alegato contra la cultura de los adultos. Nosotros de niños fuimos buenos espectadores de teatro, entonces nos pasó lo que a muchos lectores, que se saturan y les nacen ganas de escribir. De la misma manera nosotros quisimos hacer teatro. Ya nos movíamos de jóvenes en el ambiente de la literatura, estudiábamos Pedagogía Artística en una escuela que tuvo Colcultura y que desafortunadamente desapareció. Adquirimos mucho conocimiento clásico y teatral. Vimos allí, y especialmente en los títeres, la oportunidad de conjugar muchas artes. También hemos tenido mucho de autodidactas, porque en el país no ha existido una tradición de títeres como la tienen otros países, por ejemplo los orientales”.


“Once años llevamos en esto. No nos sentimos ridículos jugando con los niños, porque sabemos que muchos que llegan a la madurez se vuelven unos niños serios y se castran la misma posibilidad de soñar que tienen los adultos”.


Los compinches


Iván Darío y César Álvarez son hermanos, pero manejan con Jairo Alemán la misma clase de compinchería que tienen Tato y Tito, los dos hermanitos que son invitados al país del sueño para qué redescubran en ellos mismos el universo maravilloso de la fantasía que todos los niños (y los adultos) llevan dentro. De esa manera, entre el temor y la curiosidad, se sumergen e involucran en otra historia que viven con total fascinación. Porque los niños y los artistas son los únicos que pueden hacer realidad ese concepto profundo de Paul Elùard: “Hay otros mundos, pero están en éste”.


Por eso en esta obra se puede, más que apreciar, sentir como una lancha navega rauda sobre el aire, con esquiador incluido, o como el universo mismo pierde los esquemas clásicos, solamente para formar parte de ese instante maravilloso en que todos los seres humanos a veces, o siempre, quieren vivir.


Si bien estos artistas, titiriteros como también prefieren llamarse, han montado otras obras, ha sido “Los Espíritus Lúdicos” la que mis han logrado hacer conocer. La presentaron por primera vez en el Festival de Teatro de Manizales en 1986, donde triunfaron y fueron tan reconocidos como cuando volvieron a mostrarla en el marco del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Fueron unos triunfos satisfactorios, que sin embargo no han logrado dejarle a estos convencidos del arte la satisfacción de trabajar en las condiciones precisas para desarrollar su trabajo. Es que son artistas, y esa condición en este país se paga con un sacrificio que casi siempre tiene que conformarse con el aplauso.


Imagen de la obra "Los espíritus lúdicos"

El gozo del arte


“Lo que le permite sobrevivir al artista es las ganas de crear, aunque el arte es un gozo en el que a veces se sufre mucho. Hacemos teatro porque de alguna odiamos el teatro que se hace afuera del escenario. A veces manejamos una relación de celos con el títere que creamos, porque tiende a salirse de nuestras manos, a manipularnos. Es que uno se esconde detrás del muñeco y evita ser tan exhibicionista, porque el titiritero es casi siempre una persona humilde”.


“A veces es delicioso sentir que cada uno de nosotros es como un encantador de serpientes, porque a pesar de que el niño entra mucho más fácil a una obra como la nuestra, también buscamos al infante que hay en los adultos. Es mucho la recuperación de nuestra propia infancia, aunque algunas veces no falta quien de nosotros tenga deseos irreprimibles de darle una pela al travieso de Tato, pero finalmente todo es posible porque en “Los Espíritus Lúdicos“ la manipulación que ejercemos sobre los muñecos se desenmascara”.


Dios, el creador


Llega un momento en que el temor de tardar mucho en llegar a casa se apodera de Tato y Tito y buscan la salida hacia ese mundo del cual han surgido, por evitar la pela que los adultos pueden imponer a los niños que han buscado el sueño. Entonces de ese espacio de luces y sonidos surge la relación arbitraria entre los títeres que han deleitado a chicos y grandes y aquellos que tras los decorados han estado dándoles vida. Entonces se pregunta Tato quien es ese individuo que se atreve a ocupar el espacio en el que él mismo se ha deleitado, y recibe con sorpresa inexplicable una respuesta que lo lleva a la filosofía práctica de la infancia: “¿Quién es usted?”, pregunta. Y recibe una pregunta que los sorprende: “Yo soy su creador”. Durante algunos segundos lo piensa y solamente atina a responder con su lógica demoniaca: “Entonces usted es Dios”.


Y así es, guardadas las proporciones. Porque ese sueño que han vivido unos muñecos que después de la función serán inanimados, sigue latente en aquellos que los crearon, y muy especialmente en quienes se sintieron parte de un viaje que empieza tras cruzar la puerta de un árbol y la boca de un lobo y en el que se disfruta de casi todas las emociones que puede ir sintiendo un ser humano cuando ha encontrado nuevamente la posibilidad de sentirse participe de una alegría producida por la imaginación, pero que está representada en pequeñas cosas que un universo ya diminuto, el real, intenta negar.


Es por eso que estos creadores, paisas dos de ellos y bogotano el otro, intentan seguir buscando más mundo, más aventuras, más niños y más espacios para recrear la imaginación que no quieren perder. Y sobre todo escenarios adecuados para hacer felices a los niños que llevan dentro. Porque la poesía, definitivamente, tiene luces y colores. Y también porque Tato y Tito somos nosotros.


Tomado del Periódico El Mundo – Semanal. Medellín, Sábado 22 de abril de 1989, número 491.

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