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Teatro Libélula Dorada

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Las manos del demiurgo

Titiritero, dramaturgo, anarquista, escritor, pedagogo, Iván Darío Álvarez lleva 25 años con el Grupo de Títeres La Libélula Dorada. Aquí algunas de sus reflexiones a su paso por el VIII Festival Nacional de Títeres organizado por FUSADER y el instituto Municipal de Cultura. Escrito por Chalo Flores Medina


Se llega a las cosas sin darse cuenta. Empecé a acercarme al arte a través de la literatura, ya que Rodrigo mi hermano mayor, quien murió, era un apasionado de la literatura, sobre todo de los relatos de aventura. Él tenía en su biblioteca a Conan Doyle, Alejandro Dumas, Emilio Salgari, R.L. Stevenson, Julio Verne.


A los 16 años me retiré del colegio para irme con el Circo de los Muchachos de España, un proyecto comunitario que tenía que ver con el cristianismo socialista y en el cual me embarque dos años.


Antes de esa aventura me gustaba ir a teatro porque César – mi hermano libélulo – venía de una corriente de los años 60, el hippismo, el Rock, el existencialismo, que me influyó. Empecé a ver el arte como una manera de proyectar cierto espíritu de rebelión, nos inclinábamos por el Anarquismo. En esa época hicimos unos talleres de teatro con el Acto Latino, un grupo que tenía sensibilidad libertaria.


César Santiago Álvarez e Iván Dario Álvarez.

A mi regreso de España apareció el Teatro Cultural del Parque Nacional y el Centro Latino de la Cultura donde funcionaba todo con el Signo Latino: El Acto Latino –Teatro, El son Latino – y el Biombo Latino -Títeres con Carlos Bernardo, Gabriel Esquinas y otros, quienes montaron una Escuela de Títeres. Lo que nosotros queríamos era hacer teatro y vimos en los títeres un complemento a nuestra formación teatral. En ningún momento pensamos ser titiriteros exclusivamente, pero nos enamoramos de los títeres, tenían que ver más con nuestro carácter; éramos un poco tímidos y no tan narcisistas, como los actores. Esconderse tras un biombo o un títere permite desdoblarse y sacar la timidez. A partir de ahí nació la pasión por los títeres.


La Libélula Dorada


En la Escuela de Títeres, que duró un año, cinco personas intentamos formar un grupo que se llamó El Quintentón, y montamos Préstame tu sombrero, creación colectiva sobre una Maraca que quería tener sombrero. A través de los sombreros mostrábamos las jerarquías del poder.


Luego, con Manuel, ex cabo, formamos un grupo. Lo primero fue el bautismo. En ese tiempo los nombres de los grupos eran muy serios. Queríamos hacer algo para niños cuyo nombre fuera sonoro, simbólico, poético y filosófico, que reflejara lo que sentíamos frente al arte en ese momento. Pensamos en un ser alado, no evidente. La Libélula, que vuela en todas las direcciones, es un insecto que va contra la lógica y sufre metamorfosis, como el arte. El arte es una aventura, un riesgo, y hay que traicionarse a uno mismo para romper ese enamoramiento de lo que uno hace.


Las manos del titiritero


Creo que finalmente las manos del titiritero son las manos del demiurgo. Nosotros como hacedores de criaturas, creadores de cosmos, de un universo, nos damos cuenta que de alguna manera somos pequeños dioses, que la vida está en nuestras manos y eso es muy lindo como metáfora de la creación. Es saber que de las manos depende la vida, que penden los hilos de la vida, y eso me gusta del titiritero. Se proyecta a través de los muñecos y refleja deseo de crear un mundo, un mundo propio.


César Santiago Álvarez e Iván Dario Álvarez. Foto de Carlos Duque

El oficio del titiritero


Sigue siendo un oficio muy hermoso, muy marginal, al mismo tiempo un desafío, navegamos contra la corriente, a contravela. Es un oficio que va al contrario porque el ser humano rinde culto al tener más que al ser. El ser titiritero no forma parte de las aspiraciones arribistas de la mayoría. Es trabajar para seres que están al margen del poder, como los niños y los poetas. Ser titiritero es, como lo llama Ciorán, invocar, pero en otro sentido, “la tentación de existir” que me llena a plenitud.


Cultura de masas


Competir contra esos monstruos cuando uno es un enano que mira las estrellas, es muy difícil. Los trabajos que ven los niños en la TV son de consumo inmediato. Con el tiempo, no queda nada para la memoria. Ahí está el desafío de lo que uno hace, lo ve poquita gente pero lo recuerda durante mucho tiempo. Ese es el gran reto del artista: poder colarse en el imaginario de la gente y convertirse en una referencia importante.

La Libélula Dorada tiene una factura, una manera de hacer las cosas, distinta a las “común y corrientes” y algo le queda a la gente.


Títere al servicio de la imaginación


Para mí es un símbolo, una metáfora, un ser que se metamorfosea en muchas y variadas formas. Pero el títere no es solamente un muñeco, también es objeto, artefacto que cumple una función dramática. Permite jugar con los conceptos que tenemos de las cosas, tiene diversas posibilidades plásticas, juega con las dimensiones, con el tamaño, con el espacio, y eso siempre resulta atractivo.


Literatura infantil, pedagogía y cultura


La formación intelectual en general de los maestros en nuestro país adolece de muchas cosas, es pobre. Al maestro no se le da en nuestra sociedad la importancia que se merece. Es un maestro pobre espiritualmente, que no se alimenta de otras tradiciones, se limita a seguir programas estatales. La educación debe ir más allá del Estado, porque es más importante la Cultura que lo que se puede reflejar a través del poder. Cultura y poder siempre me han parecido términos contradictorios. Entre más Cultura hay, la política tiende a tener menos posibilidad de restringir a la gente. La Cultura permite tener niveles elevados para cuestionar la realidad y ser más crítico. Cuando hay poca Cultura, las posibilidades de dominación son mayores. La Cultura es un antídoto contra la política. Paul Valery decía: “la política es el arte de hacerle olvidar a la gente sus verdaderos problemas”.


Vista tras escena de una representación de títeres en la Libélula Dorada

La anarquía


La anarquía es una palabra satanizada. Si hay alguien calumniado a lo lardo de la historia es el Diablo y el anarquista., personajes que representan la mala conciencia de la sociedad, que colocan el dedo en la llaga y se burlan de las instancias del poder.

No sé si la humanidad vaya a evolucionar de tal forma de que sea posible conciliar el Socialismo con la libertad o al individuo con la comunidad. Que en una sociedad haya anarquistas es bueno, porque el anarquista es, en últimas, un gran moralista, siempre está exigiendo por la condición humana.


Hay tres cosas frente a las cuales es muy difícil sustraerse, pero el que las logra doblegar, tiene una posición heroica desde el punto de vista ético, ya que son muy atractivas y fascinantes para el hombre: el poder, el dinero y la fama. Y uno no se puede quedar atrapado en esos mundos.


Siempre han existido comunidades anarquistas. En Alemania está el Proyecto A, en Uruguay, la Comunidad del Sur, en España la revolución de los anarquistas( 1936 – 1939) en medio de la guerra civil ha sido la más importante e interesante del pasado siglo, incluso más que la Revolución Rusa que termino creando unas formas de poder monstruosas.


Crisis del teatro de títeres y de actores


El teatro de actores lo veo estancado, ha perdido vuelo, riesgo. Ha sido muy golpeado económicamente, sobre todo el independiente y experimental. Los grupos de teatro no han podido construir una economía alternativa, más solidaria, autogestionaria, que permita una manera de vivir digna. Eso hace que mucha gente termine casándose con lo que más odiaba. Muchos llegaron renegando de la TV y hoy están ahí. La TV les permite tener un modo de vida más tranquilo, más relajado. A veces se termina al servicio de propuestas que no tienen nada que ver con su vida y eso me parece vergonzante.


En el Teatro de Títeres me preocupa que no haya un relevo generacional. Hay unos grupos consolidados, pero no surgen nuevos, no hay escuelas de formación en títeres. Los grupos son pequeños y cerrados, no permiten trabajar con más gente, y así finalmente nos vamos a clavar el cuchillo nosotros mismos, nos vamos a ahogar en nuestras propias comodidades.

Hay que transmitirle el conocimiento y la experiencia a la gente joven, generar tradición. El gran problema de nuestros países es que no hay cultura teatral. Si no se crean esos puentes comunicacionales con nuevas generaciones, la experiencia se va agotando, no se proyecta hacia el futuro.


Escritores y creadores


TADEUZ KANTOR: Es un monstruo sagrado del Teatro. Un radical maravilloso. Viene de la escultura, la pintura, tiene una percepción muy particular del teatro. En nuestro medio teatral la gente del teatro es muy descuidada en la parte visual de los espectáculos, hemos pasado de los “trapitos a las lentejuelas”. Kantor es un explorador de la forma y tiene que ver con el teatro de muñecos, utilizaba actores y maniquís. Me parece que se inspiraba en un personaje de teatro que yo quiero mucho y que valoro el teatro de títeres: Gordon Craig. Por eso me gusta ser titiritero, tener ese contacto hermoso con la materia, con las cosas, con la delicadeza y el gusto por el color, por el vestuario, por la forma.


BORIS VIAN: Un tipo del cual yo vivo eternamente enamorado. Soy un Boris Vian frustrado. El cual fue capaz de cambiar oficios y hacer mucho a nivel del arte. Narrador, novelista, cuentista, una imaginación desbordada y delirante. Un apasionado conocedor del jazz, en París, cuando no estaba de moda él escribía y tocaba la trompeta, hacía canciones hermosísimas. Era cantante, instrumentista, escultor, hacia objetos inútiles, era ingeniero, poeta, guionista. Un ser multidimensional que uno quisiera ser desde el lado de los títeres.


KAFKA: Fundamental en la literatura moderna. Después de él la literatura no volvió a ser la misma. Hizo esos personajes tan desgarrados, tan desvalidos frente a la humanidad. Su clandestinidad es admirable, aunque no sé qué tan deseada fue, seguramente quiso publicar y no encontró la manera, era un tipo muy duro consigo mismo.


Texto tomado del Dominical del periódico Vanguardia Liberal. Bucaramanga, 2001.