Los títeres en la época colonial

COLONIZACIÓN Y MESTIZAJE: ENTRE LO PAGANO Y LO CRISTIANO


Para los pueblos americanos la conquista y la colonización española significó no sólo la transferencia e imposición de las formas de producción económica y organización social de la Península Ibérica, sino también la implantación de una ideología, operante a través de la cultura y la religión. La primera, entendida como la concepción, forma, expresión y organización de la vida, y la segunda, como forma de explicación del universo y los poderes sobrenaturales que rigen la vida de los hombres.


Resulta imposible entender la colonización española dejando de lado el papel fundamental que en ella cumplió La Iglesia Católica, la cual además de controlar las conciencias individuales y de orientar los ritos más importantes de la vida social y familiar, se convirtió en la pieza central del proceso de aculturación de las culturas precolombinas.

Pero como para los conquistadores la violencia no fue suficiente, para lograr la ocupación del territorio y la destrucción de las formas económicas y sociales de los indígenas, tuvieron que acudir a formas más sutiles pero mucho más trascendentes. Fue entonces cuando la colonización irrumpió en lo más íntimo de la sociedad precolombina: su relación con lo sagrado.


Así, el rico universo mítico precolombino fue poco a poco avasallado por el único e impetuoso Dios blanco de los españoles; a pocos, se fueron suplantando también los ritos y desvalorizando los innumerables muñecos, los ídolos, las pequeñas figurillas precolombinas, vínculos de sus alegres dioses. Se trataba pues de la conquista de las almas y para ello era imprescindible, tocar la visualización de lo sagrado: los indescriptibles adoratorios naturales de los indígenas, sus templos en lagunas y montañas, tuvieron que ser sustituidos por grandes iglesias.


Opacas imitaciones de su majestuosidad y sus dioses materializados en impresionantes imágenes hieráticas esculpidas en piedra fueron reemplazadas por innumerables santos manifiestos también en imágenes, quizás más realistas y vivas, talladas en madera y policromadas que aportaban un repertorio de signos culturales totalmente distintos, pero que a la vez tenían en común con las primeras su carácter animista. "Adorar a Dios en espíritu” en verdad fue la enseñanza propuesta por Las Casas a los indígenas idólatras que poblaban estas comarcas. Fácil fue la tarea de los misioneros en lo que tenía relación con los asuntos exteriores del culto cristiano, ora por lo sublime, al par que por las sencillas doctrinas que la nueva religión le enseñaba, ora por el cambio de objetos materiales que servían para hacerles perceptibles en lo posible, los dogmas y misterios del catolicismo.

En efecto, las imágenes del hombre-dios, crucificado y muerto por redimir a la humanidad decaída, y la incomparable Virgen de quien nació el esperado Salvador, causaron en los sencillos naturales el efecto de la luz en quien sale de las tinieblas, los deslumbró; como consecuencia lógica cayeron en desuso el sinnúmero de tunjos, amuletos, e ídolos que veneraban".[1]


"Los Mulatos de Esmeraldas" de Andrés Sánchez de Gallque. Tomado del blog Símbolo Abierto

Pero si bien es cierto que la colonización significó destrucción y dominación de la cultura americana, no se puede negar que también creó condiciones favorables para un proceso de mestizaje, en el que se conjugaron los elementos blancos, indígenas y negros, con influencias recíprocas, lo que dio lugar a una cultura diferente a las culturas originales.

Al surgimiento de una clase criolla correspondió también el florecimiento de una cultura mestiza que irradió las diversas manifestaciones de la organización y la vida cultural de las colonias; este sincretismo se hizo presente no sólo en las manifestaciones cotidianas y artísticas, sino incluso en las manifestaciones religiosas, como lo describe de manera muy pintoresca Don Cordovez Moure en sus Crónicas de Santa Fe de Bogotá: "Santa Fe era muy piadosa; pero se resentía de las creencias supersticiosas o agüeros que de tiempo atrás, y sin saberse cómo, se habían inoculado en todas las clases sociales. Se exigía un milagro a San Antonio de Padua? Se le quitaba el Niño Dios o se sumergía al Santo en la tinaja llena de agua hasta que se concediera lo que se deseaba; y si ni aún así hacía caso, se relegaba la imagen al cuarto de los trastos. Si después de hecha la novena a Nuestra Señora de los Dolores no se conseguía lo que se deseaba alcanzar, se le ponía en la cabeza la corona de espinas del Crucifijo; y si San Francisco de Asís no concedía pronto lo que se le pedía aunque fuera un novio joven, hermoso, rico y formal para alguna cuarentona, lo despojaban del cordón".[2]


Las imágenes que llegaban a América, entre ellas de la San Antonio, San Francisco, la Virgen o el Señor Crucificado, suplantaban muy bien, los ídolos precolombinos, pues en el fondo, cumplían al igual que éstos, la función de establecer y visualizar la relación con lo sagrado. Resulta evidente que unas y otras (las prehispánicas y las coloniales) eran objetos sagrados, convertidos en vínculos de comunicación con lo divino por cuyo intermedio el hombre tenía acceso a lo imposible, pero lo que parece muy curioso de la anterior narración de Don Cordovez Moure, es el tratamiento particular y novedoso que los criollos daban a las imágenes sagradas de los españoles: si "el santo" no cumplía con la función sobrehumana que le había sido asignada se le mortificaba de manera humana, es decir se le castigaba, se le sancionaba o se le olvidaba en el más oscuro de los rincones. Estas actitudes tan irreverentes para con los santos cristianos seguramente eran bien desconocidas para los incondicionales creyentes del viejo continente, pero no eran más que otra manifestación del resultado de esa "exótica mezcla de culturas".


"Nuestra Señora de Belén" Pintura anónima de la escuela cuzqueña. Tomado del blog Símbolo Abierto

LA FIESTA CRIOLLA


La fiesta como espacio público que permite la expresión colectiva y promueve la cohesión social es, de tiempos inmemorables, un acto ritual mediante el cual los celebrantes materializan en las más diversas expresiones toda su concepción del mundo de la vida y de las relaciones sociales. En este sentido las fiestas, en las que alrededor de diversos motivos se conjugan las imágenes, la música, la danza, las máscaras, el juego, la comida y el amor, se convierten en un espacio inherente a todas las culturas y en un lugar privilegiado de toda organización social.


Es la fiesta un espacio de libertad, lo festivo es opuesto a lo cotidiano, es lo excepcional y como tal se convierte en un homenaje al doble del hombre. Fiesta, lugar de expresión sin límites ni censuras en lo que casi todo es permitido, espacio en el que ese otro que habita al hombre, se manifiesta a través de objetos y acciones para parodiar, criticar, ridiculizar, rendir homenajes, en fin... para expresar sus sentimientos más íntimos, sus más recónditas opiniones y creencias.


Con la llegada de los españoles se inaugura en América una serie de fiestas de índole oficial y religiosa. Las primeras eran celebraciones más o menos obligatorias, poco sinceras de parte de los criollos, de los grandes acontecimientos de la península, como cumpleaños y nacimiento de los príncipes, desfiles virreinales y ,juras reales. Las segundas tenían sus orígenes en los más arcaicos ritos precristianos de Europa. Al parecer, las autoridades coloniales abolieron casi en su totalidad las celebraciones de los indígenas, por cuanto éstas podían incitar al desorden moral y material e incluso a la rebelión; pero curiosamente y en aras del sincretismo cultural al que hemos venido haciendo alusión, algunos elementos festivos de indígenas y negros se van integrando a la fiesta blanca y en esta amalgamada fiesta criolla se hace presente lo pagano y lo cristiano. Así, las fiestas religiosas con sus procesiones, imaginería, muñecos, bailes, desfiles y representaciones paganas y cristianas, se convirtieron durante la colonia en ese gran espectáculo que llenó el vacío de distracción y cultura existente en la austera, fría y sombría Santa Fe de Bogotá de los tiempo coloniales.


1. LOS COMPONENTES DE LAS FIESTAS

Las fiestas oficiales y religiosas tenían cada una sus particularidades pero se presentaban algunos elementos comunes a unas y otras que vale la pena mencionar: "En general se celebraban las vísperas. La noche anterior al día de la fiesta se iluminaba la ciudad o se quemaban fuegos artificiales. En la iluminación de la ciudad con velitas participaba toda la población (...) El día de mayor iluminación era el siete de diciembre, vísperas de la "pura y limpia Concepción, patrona universal de España y de las Indias". La pólvora fue otro ingrediente infaltable. El polvorero sobresalía como profesional misterioso y admirado. En Santa Fe debía existir alguna especialización como la de los llamados "juegos de Zipaquirá" (...) En el día principal de las fiestas no religiosas, la función de la procesión con pasos en las fiestas religiosas era reemplazada por el DESFILE DE FIGURAS y cuadros alegóricos con la mayor participación de gentes. Su paso era realzado mediante el adorno de los balcones y la construcción de arcos (...) durante las fiestas muchas cosas eran permitidas, había juegos de azar y atractivos especiales, uno muy apreciado eran los volantiros (volantineros?). Vargas Jurado recuerda: "Un hombre juega volantín en la tarima con un hijito que hace lo mismo. Todos van a verlo. Otras veces armaban columpios o tendían una cuerda entre las torrentes y las pasaban ante la angustia de la población..."[3]


"Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá" de Alonso de Narváez. Pintura del siglo XVI.

2. LA FIESTA TAURINA

"La Corrida de Toros! ésta era en tiempos de la colonia la diversión popular, la más apetecida y la más agradable de todas: con ellas se daba mayor realce a los festejos de la coronación de los reyes, (...) con ellas se alegraban los frailes en los capítulos cuando elegían provincial y con corrida de toros se concluían también a veces las elecciones de abadeces en los monasterios de monjas".[4]


Esta gran afición a la tauromaquia venida de la península ibérica da lugar a formas muy particulares de corrida en Santa Fe de Bogotá dentro de las que vale la pena destacar el toro encandelillado y la vaca-loca, formas estas muy bien descritas en el periódico La Pluma del 4 de septiembre de 1.880, en el que David Guarín recordaba con nostalgia las fiestas de otro tiempo: "Explicaré pues qué cosa es vaca-loca y qué cosa es toro encandelillado. Lo primero es una armazón de madera con forma de techumbre de una casa, cubierta con un toro de res y que lleva en un extremo una cornamenta de la misma. Todo este aparato que lleva luces y a veces pólvora pero iluminado principalmente en los cuernos va dirigido por un hombre que ha de ser ágil y bien bravo, que se mete por debajo para cornear a cuantos se dejen. Lo segundo es un toro de carne y hueso verdaderos, es decir de veras como solemos decir por acá y al cual se le envuelven en los cuernos trapos empapados de trementina, cera, manteca, petróleo y todo aquello que posea la cualidad de ser inflamable (...) abren el toril para que salga el pobre animal con los cuernos incendiados. Inaudita crueldad! que debiera prohibirse".[5]


Al parecer y quizás debido a la crueldad del espectáculo, el toro encandelillado fue dando lugar a la VACA-LOCA, que constituye una forma imitativa de éste mismo espectáculo, pero realizado a través de un muñeco que es ANIMADO por el HOMBRE, elementos éstos constitutivos de TÍTERE que venimos manejando.

[1] Cordovez Moure. "Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá”.


[2] Cordovez Moure. "Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá". Op. Cit.


[3] Fundación Misión Colombia. "Historia de Bogotá", Tomo IV.


[4] Ortega Ricaurte, David. "Cosas de Santa Fe".


[5] Periódico La Pluma. Septiembre 4 de 1.880.

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