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Resistir, insistir y convencer - Resistir

Resistir, insistir y convencer

(Obstinaciones insumisas a favor de una pedagogía de la imaginación)

Iván Darío Álvarez

Fragmento del artículo completo publicado en la revista Teatros, Número 24, Marzo/Mayo 2019


Ácrata y beligerante, el dramaturgo de la Compañía de Títeres Libélula Dorada, alza su voz de protesta contra un estado de cosas que juzga injusto e inconveniente. Cuando el teatro avanza desorientado se precisa la voz independiente del artista que cuestiona y juzga que imagina y provoca, y es justo, cuando el titiritero ve en el niño a un espectador subordinado a las veleidades del adulto, que busca en el poder de la imaginación la dimensión poética del teatro.


Resistir


"El teatro es la única institución del mundo que lleva cuatro mil años muriendo y nunca ha sucumbido. Se requiere gente dura y devota para mantenerlo vivo." John Steinbeck


Una de las preocupaciones para quienes abogamos por la formación de un público infantil, reside en que los niños no dependen de su propia voluntad para hacerlo. Ellos vienen de la mano de los adultos, sus padres, algún familiar cercano o sus maestros. Para poder fomentar una cultura teatral de gran arraigo en nuestro país, se requiere de un trabajo pedagógico con el adulto que lo lleve a comprender la importancia de las artes escénicas como parte importante de la formación personal del niño, así como para su desarrollo intelectual y emocional.


Ese objetivo se ve torpedeado por el propio adulto, aunque no podemos desconocer que en los años del cultivo artístico de su infancia, gozó poco del derecho a disfrutar de tan benefactora posibilidad, porque sus padres, tanto como sus maestros, tampoco contaron con esa perspectiva formadora, en la que se estimaran las artes y la cultura, como una reserva de oxígeno espiritual, necesaria, y relevante, para alcanzar mejores logros en su vida de niño.


César Santiago Álvarez, Iván Dario Álvarez y Luis Marrero con su público. Fotografía de Dagoberto Moreno

La impronta de ese hecho, nos conduce a preguntarnos por la responsabilidad de nuestras sociedad, quien por obediencia a la historia que nos trazan los de arriba, acostumbra a delegar en las manos del estado, las políticas culturales que han permitido que esa proyección sea desarrollada, aunque no siempre, de manera progresiva, continua, coherente y de forma sistemática, para que todos, sin exclusión social, adoptemos aunque sea mínimamente un acercamiento al conocimiento de las artes libres y emancipadoras.


Todos los ciudadanos presuponen que el estado como parte de su misión rectora, destina todos los años un presupuesto nacional que potencie el crecimiento del arte y la cultura, pero poco o nada, nos informamos de qué tanta reflexión o qué tan efectiva resulta su gestión para poder fortalecer, como en le caso que a nosotros como creadores nos tañe, una cultura teatral en el país. Pues esta se da y se manifiesta a puerta cerrada, bajo los criterios partidistas de una élite de turno, que se refugia en sus centros burocráticos hegemónicos y no genera una discusión de cara abierta a la opinión pública, que permitan a las ciudadanías evaluar la evolución real de sus logros y, sobre todo, estimar por qué son tan importantes la cultura y las artes para el desarrollo del individuo y la sociedad.


Iván Darío Álvarez

En consecuencia, esa dinámica traduce que, como individuos, estamos supeditados a una democracia representativa guiada por los partidos, quienes, por ejercer el control de la gestión burocrática, luchan en la contienda electoral también para imponer sus ideas en torno al desarrollo de la cultura y las artes.


Y ese sistema dominante, que casi nadie pone en duda, queramos o no, siempre amenaza la continuidad de procesos que, para poder generar tradición, necesitan de tiempo, pero que, debido a la rotación política en su arribar al poder, quitan o instalan otras, a lo mejor no tan pertinentes, sin consultar con los sectores involucrados, creadores o públicos, quienes son los que se ven afectados o frustrados, con sus programas de gobierno de turno, sean ellos de derecha, centro, o izquierda.


Todo esto abonado con el peligroso costo negativo y repetititvo de caer bajo la tutela administrativa omnipotente y vertical, con expertos tecnócratas y juristas, en lo sustancia ajenos y alejados de las verdaderas necesidades, de quienes sí viven las vicisitudes en torno al quehacer de la experiencia artística o cultural.


Desde este nada alentador panorama, el sistema en su conjunto frena, anquilosa o contribuye poco, a forjar una cultura teatral que propicie y consolide un mayor florecimiento de un público más amplio y sobre todo cualificado.


Sin duda, los artistas escénicos y la pluralidad de sus públicos, que pujan por emerger a contraviento, nos vemos atrapados por un sistema neoliberal, nada esperanzador, el cual nos pone contra las cuerdas de hierro del capital, arrojándonos a la competencia desigual y despiadada de la vorágine sin tregua del libre mercado, que potencia el modela de las mal llamadas “industrias culturales”, oxímoron que a paso veloz le resta su endémica fuerza a un estado subdesarrollado e históricamente débil, que no osa asumir las tareas urgentes que demandan la educación y la cultura, que la poca gente insumisa a la que el poder autoritario aún le permite respirar, pide a gritos.


De verdad cuesta creer en partidos en crisis y sin ideas creativas, que tan solo se limitan a ser las próximas élites, que elegiremos “democráticamente”, en un cínico juego publicitario de ataques, maquillajes y promesas incumplidas, pero que no tienen visión de futuro transformador, ni mucho menos la intención de representar los intereses de los espectadores del poder, es las mayorías estúpidas o silenciosas, que si de algo cada vez más adolecen con vigor es de cultura política. O que la desesperanza aprendida conduce y atrapa, hasta dejarse como rebaños gobernar, porque si en algo descreen con rabia o indiferencia, los que desde abajo no votan, es en sus políticos “honestos” e instituciones “legales”.


Y sin embargo, a pesar del fatal abismo que se ensancha con el paso del tiempo, el teatro siempre moribundo, siempre miserable, obstinado y anacrónico, con su íntimo ritual lúdico o sagrado, también vuelve y renace, se reinventa y resiste. Sueña y patalea contra la fealdad del mundo, pero tiene fe en su risa carnavalesca; porque infunde vida y por ello no deja de fundar salas, espacios de libertad con máscaras de tragedia o de comedia, donde conviven en un delirante dúo, lo posible y lo imposible, la fabulosa mentira y la triste verdad de la existencia.


Iván Darío Álvarez

Sí, es cierto que se queja, sufre y llora desfalleciente, pero no deja de provocar y convocar a la solidaridad. Porque necesita a la gente, el actor es un hombre público, un conspirador y un inspirador de la comunidad, que a favor de un tiempo libertario y un espacio sin fronteras, invita a congregarse y hermanarse, en torno al acto creador. Ahí está su fuerza, su vitalidad, su grandeza.


Por eso los políticos nos desprecian, nos temen, saben que podemos ser la voz fuerte y colectiva de la cultura que, al contrario de la política sectaria, siempre va y ve más allá.

La imaginación no se rinde. Sigue vigente porque el futuro es una utopía, y el arte, su hermana siamesa. Y los comediantes visionarios, como si la imaginación fuese una estrella, no dejamos de creer en ella.


Fragmento del artículo completo publicado en la revista Teatros, Número 24, Marzo/Mayo 2019