Tras los hilos secretos de un marionetista

(Homenaje a Camhilo de la Espriella)


“Quien me tiene de un hilo no es fuerte; lo fuerte es el hilo”

Antonio Porchia


Camilo de la Espriella fue un niño de clase media que como tantos de su generación, no disfrutó del teatro de títeres. En ese momento de Colombia, los muñecos actores no tenían tan siquiera una tenue presencia en nuestra televisión, hablamos de cuando ésta todavía era en blanco y negro. En su reverso los hilos del destino quisieron, que a sus diecisiete años asistiera por una misteriosa casualidad, a una presentación de títeres en el histórico Teatro del Parque Nacional. Allí sospechamos que vio al titiritero Príncipe Espinoza, pero sea quien en verdad fuere, lo cierto es que Camilo adolescente sintió el hechizo y el llamado luminoso de los títeres.

Su desbordada fascinación fue tanta, que a los pocos días de este suceso tomó prestadas las herramientas del aprendiz de carpintero de su padre y sus manos inquietas comenzaron a darle forma a las tablas de su cama, para crear su improvisado primer teatrino, de tan ruidosa manera que con serrucho, puntillas y martillo, pronto creó un revuelo de duendes locos en su casa, porque sus progenitores de inmediato pegaron un grito en el cielo, temiendo que a su ya lunático muchachito, se le estaba acabando de zafar un tornillo. Acto seguido y siguiendo los destellos de su febril imaginación titeril, al no tener ni la más remota idea de cómo hacerlo, rellenó unas bombas inflables con arena y las forró con papel periódico, para darle forma a las cabezas de títeres de guante que pesaban más que una escultura de hierro. Al poco tiempo, como si fuera el portador de un extraño tesoro, las llevó a su colegio, “El Claustro Moderno” donde se encontraba también como profesor Fernando Cruz, quien a la par fungía por aquel entonces como titiritero.

Fernando al descubrir las pesadas criaturas que a hurtadillas miraba Camilo, no pudo menos que sorprenderse y sonreír. Cautivado por el delirante novato lo invito al taller de su casa en el barrio 20 de julio, para revelarle los primeros conocimientos de lo que a partir de allí sería para ellos un oficio común. En ese barrio también conoció a Gabriel Esquinas, otro apasionado titiritero, vecino y gran amigo de Fernando. En ese cruce de caminos artísticos, los vientos políticos de los años 70 soplaban con fuerza e insuflaron a Camilo para enarbolar las banderas no solo de la imaginación, sino también de la revolución.

Así fue como en la Universidad Nacional se unió a Ricardo Camacho, quien dirigía un grupo de jóvenes entusiastas, que precederían al futuro Teatro Libre de Bogotá y que adoptarían por nombre de combate “Sol rojo y fusil”, sin duda inspirados por el gran timonel Mao TseTung. Eran tiempos de barricadas, militancia e ideologías zurdas, en donde la cultura y la política se fusionaban y los grupos teatrales y estudiantiles eran brazos y bocas auxiliares de las luchas sociales. Era el momento de auge de la Unión Soviética y la China roja por estas tierras. Era la época del avance del partido Comunista y el Moir. Eran igual los tiempos del Che y del otro Camilo, el guerrillero, pero también de John Lennon y mayo del 68 en el mundo.

Camilo, convencido y comprometido con esa atmósfera de agitación, montó junto a Fernando y Ricardo “Palo al perro que ladre”. Luego esa misma rueda de la vida lo condujo a asistir como testigo a la fundación del Teatro libre de Bogotá y la creación de obras panfletarias como: “La historia de un pobre gallo de pelea” o comparsas de teatro y muñecos que conspiraban en las plazas públicas, en barrios populares o pueblos aledaños, caricaturizando y denunciando con grandes cabezudos a los personajes más representativos de nuestra clase dirigente.

Entretanto la paciente madre de Camilo iba observando con preocupación cómo su hijo nada que sentaba cabeza.

En el Teatro Libre, el joven Camilo conoció a importantes figuras como Germán Moure y Jairo Aníbal Niño, personas valiosas y cultas que como Fernando apreciaban el teatro de títeres. Con Fernando crearían ese frente de títeres que se llamó “El caballito de batalla” con obras como “lágrimas de cauchodrilo”. Con Jairo Aníbal, - quién venía de Medellín después de trasegar con su trashumante grupo de títeres “Juan pueblo”,- montó cinco obras y en una de ellas se libraba el combate del siglo entre Kit pueblo y Kit gringo. Con Germán ese mismo entusiasmo se transformó en una obra. A pesar de eso los títeres en el Teatro Libre no encontraban mayor apoyo y eco.

Al interior del Libre más bien Camilo hacia papeles secundarios como actor, apoyaba o asistía al grupo en la labor escenográfica, como en obras tan importantes para la historia del teatro colombiano como “El rey Lear” o “La agonía del difunto”.


Allí su labor teatral y militante alternaban con la música, otra de sus pasiones, que compartía junto a sus copartidarios como César Mora, Gustavo Martínez, el pastuso apodado “El pollo” con quienes crearon la banda musical “Los primos” con ritmos cubanos, que más tarde sería el embrión del “Son del pueblo,” el que sus rivales políticos halagaban diciendo en los corrillos que era lo mejor que tenía el MOIR. A esta tropical agrupación se sumaría Bruno Díaz y en ella Camilo tocaba el bajo eléctrico.

Mucho tiempo después de una larga e intensa vida colectiva, viaja a la legendaria China y a la vieja Europa, en una gira con el grueso del Teatro Libre. Al ir culminando esa travesía y temiendo el rumor de una reorganización al regreso a Colombia, decide quedarse en París y decirle adiós a su colectividad. Allí inicia su nuevo periplo de solitario y se ilusiona con estudiar en una prestigiosa escuela de teatro llamada “Le Clock”. Pero sus sueños pronto se esfuman cuando va a matricularse, debido a los altos costos. Temporalmente se hospeda en el apartamento de su primo que también había sido titiritero y para poder sobrevivir, pega carteles o vende periódicos en la calle, con lo que pudo procurarse su propio espacio en un doceavo piso de un antiguo edificio que no tenía ascensor.

Un nuevo impulso lo llevó a Barcelona que lo acogería durante 17 años. Allí pronto ingresó a La escuela de Títeres del Institut de Teatro. Una de las dos únicas escuelas dedicadas al teatro de muñecos por ese entonces en Europa. La otra estaba en Rumania. La escuela la comandaban los titiriteros catalanes José María Carbonell, el más creativo y Alfred Casas, el más gestor. La carrera estaba programada para tres años.

A los tres meses de estar cursando sus estudios, uno de los maestros Joan Andreu Valve viendo la habilidad de Camilo para la construcción, le pidió que ocasionalmente y por breves temporadas lo remplazara como maestro y lo subcontrató. El asunto al paso de algunos meses llegó a oídos del director del Instituto y le hizo ir a su oficina para hacerle saber que debido a los buenos comentarios recibidos por los alumnos, lo quería contratar directamente, mejorando así su situación económica como emigrante.

En aquella escuela tuvo la feliz oportunidad de conocer al maestro y marionetista Harry Tozer, un británico excelso y purista de la construcción, quien podía demorarse un año en la elaboración de tan solo una marioneta. Tozer era un maestro discreto y silencioso, el cual se refugiaba en el último piso del Instituto.

Camilo una vez terminadas sus clases en las mañanas, se subía religiosamente todas las tardes maravillado por las prodigiosas y acabadas marionetas del inglés. Quería conocer como era aquello de que los muñecos pudieran tener piernas y caminar. Durante meses se dedicó a observarlo con fina atención, hasta que un día inesperado para Tozer, le llegó con un enigmático visitante, su primera marioneta siguiendo sus pautas técnicas. El maestro la observó con meticulosa curiosidad y la tomó en sus manos para animarla. Camilo bautizó a su deforme criatura como Quasimodo. Este jorobado ser no entraba por su forma en los cánones estéticos de Tozer, quién obedecía a figuras más simétricas y de belleza clásicas. El maestro lo que primero le enseñaba a sus alumnos era a hacer sus propias herramientas. Por férreo principio rechazaba las eléctricas. Era un consumado perfeccionista.

Las marionetas obedecen a una animación indirecta, se relacionan con el titiritero por la vía de los hilos. Esas cuerdas vitales penden de un mando casi siempre fabricado en madera y son tan complejos como así lo requiera el movimiento del muñeco. Los comandos más técnicos y elaborados son los alemanes que operan de una forma horizontal. Un sofisticado maestro de ellos fue Albert Rosser recientemente fallecido en Stuggart en donde tenía su sede. Las crucetas checas son más verticales. Las yugoslavas en forma de avión facilitan más el movimiento de los animales. La de Toser era inglesa. Camilo según sus necesidades estéticas las combinaba, pero la que más le gustaba era la vertical, porque le permitía obtener una mejor postura para la verticalidad del muñeco.

Los hilos responden al tacto y el mando se hace según el muñeco. La mayor virtud del marionetista no está, contrariamente a lo que se puede llegar a creer, en la cantidad de hilos sino en un mando que pueda sintetizar con eficacia y preciosismo el dominio de los movimientos. Su construcción obedece a altas dosis de ingenio y paciencia. Cada una de ellas puede necesitar de más de un mes si no se cuenta con la debida pericia y oficio. Camilo apenas las conoció se entregó por entero a ellas y para experimentarlas a fondo, convirtió la calle de Barcelona y su público en su escuela. Allí pasó largas horas descubriendo sus secretos, como saboreando con hedonismo solitario su placer autodidacta. La marioneta cada vez se hace más unipersonal, de allí que siempre se refugie en las pequeñas piezas de variedades, en donde el marionetista se vale de algún movimiento extraordinario que ponga de manifiesto la fuerza expresiva de los hilos. En América Latina esta modalidad del teatro de títeres ha sido poco desarrollada. Camilo se sumó así a sus pocos y más esmerados cultores.


Después de obtener su título como técnico de títeres, trató de integrarse en la escena titiritera española. En el camino fue conociendo a titiriteros como Paco, del grupo de Binéfar o a Jordi Beltrán, a los que en alguna ocasión les construía por encargo sus muñecos. A Paco por ejemplo le colaboró en la producción de títeres para la puesta en escena del “Bandido cucaracha”, una especie de Robín Hood libertario que hizo leyenda en las tierras de Aragón. Conoció en la marginal Barceloneta a Pepe Otal, un titiritero ácrata sui generis y de muy grato recuerdo para el medio. Igual se cruzó y departió con el viejo Paco Porras, poseedor de un gusto vinícola sin igual, que oficiaba en un teatrillo al aire libre en el parque El Retiro de Madrid.

A su vez, se une a un par de marionetistas alumnos de Tozer, como el catalán Santi Arnal y la suiza Karen Shiffer. Con ellos crean el grupo “Fills and Fills" y dan vida a números de jazz con los cuales participan en Festivales de música de este género.

De allí surge el origen de algunos personajes de su galería de variettes,que le permitirían como solista actuar en la calle de forma independiente. O vivir entrañables historias,como cuando una vez estando en Suiza, en la ciudad de Montreaux, a las puertas de un gran teatro donde se realizaba un festival internacional de jazz, de repente después de verlo le habló el pianista Monthy Alexander, quien deleitado por sus interpretaciones de su colega muñeco, también pianista, le invitó a verlo a él con su banda y le regaló como recuerdo una de sus piezas musicales para que le sirviera de base sonora a su títere de hilos. Desde entonces Camilo guarda con celo y admiración esa pieza única, grabada expresamente para él y su muñeco.

Otro de esos grandes encuentros que a veces tejen los hilos de la vida, lo llevó a la ciudad de Tarragona para estar con la legendaria Celia Cruz, a quien no solo tuvo la alegría de conocer, sino también de sorprenderla con su doble hecho títere por las manos de Camilo. Sucedió que un amigo periodista catalán quiso un día que lo acompañara a entrevistar a Celia en un concierto y le pidió llevar la marioneta de ella. Camilo no entendió muy bien para qué, pero haciéndole caso empacó a la muñeca y su banda sonora. Al llegar al lugar, los policías a la entrada les esculcaron, pero al ver a Celia como muñeca, de inmediato les hicieron pasar.

En un receso de la diva, ellos se dirigieron a su camerino y mientras su amigo la entrevistaba, Camilo sacó al doble de Celia. Ella quedó seducida y le preguntó que era aquello, sin salir de su asombro. Le respondió que era una muñeca con la que él le rendía un homenaje, sencillamente cantando igual como lo hacía ella. Celia no lo podía creer y le pidió que se lo demostrara. Camilo solicitó una grabadora e hizo el número que siempre solía hacer con la muñeca. A ella le gustó tanto que pidió a su ejecutante que eso mismo lo repitiera allí mismo frente al público pero con la voz viva de Celia y la orquesta de la Sonora Matancera.

Al terminar Celia estaba tan fascinada y enamorada de su doble, que le quiso comprar su muñeca a Camilo, ofreciéndole una sustanciosa suma, pero tuvo que rechazarla pues tenía compromisos ya adquiridos con el número de Celia, a los cuales no podía renunciar. De esa manera pudo obtener como recompensa de la vida ese encuentro memorable con una diva de tan alto voltaje pachanguero.

Otro tanto le ocurrió en uno de sus pasos por París, donde estando en una presentación, llegó a verle un señor, quién al finalizar su espectáculo se subió al escenario a felicitarlo. Se presentó también como titiritero y le dio su tarjeta para que lo llamara. Camilo cansado del viaje desde Barcelona y ocupado en guardar sus muñecos, recibió mecánicamente la tarjeta y escasamente le puso atención. Al llegar al hotel descubrió que el dueño de la tarjeta era nada menos que el ya famoso Philip Genty.

Al otro día Camilo lo llamó y este muy amable lo invitó a almorzar en su sede. El lugar era un castillo donde Genty tenía una gran empresa de espectáculos con numerosos empleados y enorme galpones para trabajar. Genty lo trató muy bien y le ofreció trabajar con él en su compañía en condiciones loables. Allí pasó once meses hasta que se aburrió de hacer lo mismo y por no tener mayor comunicación con sus compañeros, a lo que se sumaba la nostalgia por su pareja en Barcelona.

En la capital catalana retomó sus asuntos y continuó haciendo funciones hasta que llegaron los malos tiempos de gobierno del presidente Aznar y sus posibilidades de actuar como solista se fueron viendo cada vez más reducidas, teniendo que optar por su regreso a Colombia. Desde entonces sigue creando nuevos espectáculos, nuevas criaturas con o sin hilos y realizando giras por Suramérica. Unas veces fabulando acompañado u otras con la soledad y sus sombras, pero ante todo, firmemente convencido de que ser titiritero es lo mejor que le ha podido pasar en la vida y que la aventura de crear es un riesgo que bien vale la pena vivir hasta sus últimas consecuencias.

Iván Darío Álvarez. Septiembre28/2012

Nota: Escribí ésta crónica de Camilo hace una buena tanda de años, cuando quisimos rendirle un pequeño homenaje en el festival de títeres Manuelucho que, realizamos de forma anual en La Libélula Dorada. Se puso muy contento. Algunos años más tarde, a los males de su diabetes y de su austeridad franciscana, se sumo un derrame cerebral. Le costo aceptar que no podría regresar al oficio y a las tablas. Es una pena no sólo despedir a un amigo, sino a uno de los grandes marionetistas que, ha fecundado la imaginación de este arte en nuestro país. Sus marionetas están huérfanas, y hoy desde su secreta alma le lloran. Largo adiós compañero de oficio y de sueños, nos veremos en el eterno biombo de la nada, gracias por los buenos ratos y la risa compartida. Se hizo Camhilo al andar.



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