Vuelo invisible de metáforas

Los 25 años de la Libélula Dorada fueron una gran celebración, y entre los muchos recuerdos que nos deja, hay textos como el que compartiremos a continuación.

El vuelo de la Libélula Dorada a lo largo de estos cinco lustros deja una Estela invisible de

metáforas. Nuestra frágil utopía se pasea burlona y traviesa por la historia y deja para la

memoria un templo donde hoy se le rinde culto a la imaginación. Nuestra sede es el hábitat

misterioso donde los fantasmas tienen voz de títere Y dónde lo único aterrador es Dejar de

soñar.


De los niños hemos heredado su alegría. El aburrimiento de las mayorías adultas no ha podido hacernos extraviar el rumbo en este viaje como pasajeros del sueño. En nuestra bitácora la aventura sigue siendo el corazón de nuestra estética y nuestra risa metafórica no le teme al horizonte.


Como ingenuos monstruos de alas transparentes y doradas, lo desconocido abre sus mágicas puertas. Nuestra poesía no se somete a ningún metódico plan de estudios. No obedece a cálculo alguno. No hipoteca su libertad, ni se vuelve rentable o eficaz en estos tiempos míseros y mercenarios.


Nuestra mayor metáfora es esa historia sublime que ya nadie nos puede arrebatar.


Hemos probado los elixires de la invención y nuestra ética narrativa nos ha dejado a merced

del éxtasis y a la irredimible adicción a lo vivido.


Ningún poder Terrenal tienta nuestra viciosa pasión de juglares. Ya no podemos crear otra

forma de hacer el amor.


Nuestro relato no narra éxitos, ni fracasos, sino una única e irrepetible experiencia. Resta

tristeza y suma gozos, olvida con mayúsculas porque con sabiduría aprende.


Aceptamos nuestra condena a crear. Nos sometemos a sus ritos y por nada del mundo

renunciaremos a sus delirios.


Borrosa es la claridad y toda mancha tiene gozosa vocación de espanto. Aun así no nos aterra la tempestad.


De cada crisis surge una llama que vuelve a desafiar la oscuridad.


La culpa sólo la tienen las obras que nos enseñaron a volar. De su locura aprendemos a errar y a inventar. Antes que acomodarnos en primera fila, el teatro nos permitió actuar.


No hubo tregua en cada campo de batalla y se defendió con rigor la rebelión. No pastamos con el rebaño.


No nadamos en aguas serenas y mansas. No nos atascamos en pantanitos de mermelada. Nada ha sido idílico, pero no por ello ha dejado de ser vital y verdadero.


Con la disciplina de Ícaro a sangrado nuestra imaginación. Nuestros aciertos enmiendan

nuestras torpezas. Y cada desatino es también una revelación. El equívoco es esa dura roca en la que se esconden tras la superficie nuevos sueños. Lo importante es no abandonar el cincel y huir de la escena porque no hubo elogios, ni aplausos.


Damos gracias a la lealtad de nuestros espectadores. Su mirada cómplice alentó y lleno de

energía nuestros espíritus. Su devota simpatía creció como una inspiradora flor en nuestro

ánimo.


Generación tras generación se fue sumando la voz contagiosa de lo que contamos para que

otros cuenten que existía. Y así el abuelo y el niño confluyeron en ese espacio iluminado por la sonrisa cósmica y pícara del Títere. Ahora sabemos después de mucho remar que viajamos hacia una orilla inalcanzable. Y sin embargo no pensamos que encontraremos reposo ni que habrá regreso. Nuestro navío ebrio mece nuestra ilusión. La única certidumbre es que el viaje continúa.


Imagen de la obra "Ese chivo es puro cuento"

Iván Darío Álvarez

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