Resistir, insistir, y convencer - Con-vencer

Resistir, insistir y convencer

(Obstinaciones insumisas a favor de una pedagogía de la imaginación)

Iván Darío Álvarez

Fragmento del artículo completo publicado en la revista Teatros, Número 24, Marzo/Mayo 2019


"Imaginación: mi niño." René Char


Al evaluar la actual receptividad del público es preciso observar el grado de reserva e indiferencia domesticada, que va permeando a una sociedad precaria en la que se va minando la resistencia. El ser humano que hipoteca su tiempo al capital, lleno de carencias e insatisfacciones diarias, llega al teatro después de recibir palmaditas o latigazos laborales en jornadas odiosas. Allí abundan los problemas y el aburrimiento asfixia, anulando a estos seres que, a duras penas como Atlas, soportan el peso de un mundo productivo agobiante, y donde solo gobierna la incertidumbre gris y constante. En consecuencia, bajo esa atmósfera de desamparo e impotencia, la gente solo desea apartarse, desconectarse de su realidad y, en lo posible, no se ocupa por preguntarse por el devenir del hombre como especie cada vez más robotizada y suicida.


Así es que prefiere buscar salidas rápidas y escapistas, por la vía de aligerarse, ojalá reírse para relajarse, y ante todo, dejar de lado las angustias del presente, o lo que bien o mal, ha de venir de cara al mañana, en ese continuo tren de fantasmas anónimos y expoliados que se hacina en las ciudades.


Los piratas Dreyfus, Shaflan, y Malatesta. Personajes de "El dulce encanto de la isla Acracia"

Frente a ese panorama de ruinas mentales, y de autodefensa ensimismada del espectador contemporáneo, a los creadores les toca disponer de estrategias que cautiven e inviten a los teatros, con obras potentes que logren romper esa coraza de indiferencia anestesiada que, de alguna manera, la impotencia contra el poder ha ido domando, en menoscabo de un gusto entusiasta, por las respuestas artísticas que le apuestan a la resistencia.


Es factible y nada raro, que ante la dificultad de ir en contravía, la gente del teatro vaya perdiendo su fuego rebelde para mimetizarse con espectáculos complacientes, desprovistos de contenidos insumisos y formas radicales, hasta lograr que el poco riesgo se institucionalice, convirtiéndose en costumbre y mueca cosmética, para terminar anclado en la opacidad a la que arrastra su propia decadencia.


Por tanto, no hay que hacerse vanas ilusiones, dado que, para que sobreviva un teatro vigoroso y afortunado en sus búsquedas poéticas, se requiere peligrosidad, aventura audaz y cierto grado de tensión, entre los deseos de un público domesticado y los hacedores de un teatro insubordinado y desafiante, en el que al público le corresponde el papel de dejarse seducir, y a los creadores, el rol de conspirar, y, ante todo, de convencer desde la poesía, como arte de la resistencia. En ese pulso estamos, sobrevivimos y convivimos.


El arte teatral siempre ha luchado por su libertad. Hoy se encuentra a merced de entrar en el mundo de la publicidad, de la mercancía, del consumo tilín, tilín, y mucha naranja, de la moda, del marketing empresarial, del crédito bancario, o de lograr unos mecenazgos privados o estatales, bendecidos por la gracia del tan anhelado milagro, por fin obtenido, después de tan larga espera de la ley benefactora.


Ambas opciones pueden amenazar su vocación libertaria. La primera opción la puede convertir en una empresa convencional y jerarquizada, en una profesión más al servicio del dinero, de la taquilla mercenaria, o el espectáculo frívolo, complaciente y farandulero, que le sirve más al empresario avivado y con olfato, pero que poco o nada hace crecer al arte y al público.


La segunda convierte al artista en un ser siempre huérfano, quejumbroso y pedigüeño, o en un constante lame suelas dependiente, a la espera de las dádivas o migajas que de buena o maña gana quieran repartir o permitir los políticos de turno al mando del poder.


Consolidar desde el teatro, independiente de servidumbres, un público habitual y formado, es una tarea urgente y paciente, que implica persuadir, insistir, para poder también generar entusiasmo y agradar. Nadie espera que eso sea fácil, y que no implique dudas y sacrificios.

Todavía por fortuna quedan artistas en expansión, que persisten obstinados y por partida doble, no solo mantenerse en el arte, sino también, en el arte de la resistencia espiritual, para preservar un ecosistema poético, que se niega con firme voluntad rebelde, a someterse de forma total, a la regla de oro del capital que reza: “Dime cuánto vendes y te diré como artista qué tanto vales”.


Es cierto que en este sistema maldito todos vendemos algo, pero no todos aceptan, solo por comodidad burguesa, venderle por completo su alma al diablo.


Iván Darío Álvarez

No, no es que no aceptemos la historia, sino que nos negamos a repetir la misma historia.

La gente que hace posible el teatro no debiera conformarse con solo aprender y ejercer su oficio. El quehacer debe inspirarse en una mística, en un estilo de vida, donde prima la vocación poética y libre. En lo preferible asumir su ser en el mundo de manera insobornable.


Ese ser para la libertad que no se enseña con plantilla en ninguna escuela. Ni que mucho menos dictaminara ningún maestro. Y al que nadie da salvavidas absolutos, ni carnets de buena conducta, o buena conciencia, o que dé garantía de transitar por lo políticamente correcto.


Con ello está en juego un tiempo libre, transformado en un oasis de sentimiento y pensamiento emancipado, en donde el espacio de ocio libertario, propio de los teatros no enteramente comerciales, se convierta en una vivencia extralaboral, constructiva y oxigenante, para que su público pueda recargarse de pensamiento y poesía, de utopía y lucidez.


Una forma de ampliar y multiplicar el espectro del público, es mantener ese carácter itinerante, que siempre ha tenido el teatro desde tiempos inmemoriales. Esto es, no sujetarse a un espacio a la espera del público, sino también ir en pos del encuentro, en eventos sociales y culturales, en plazas, barrios o escuelas, para que el arte escénico impregne e invada la vida cotidiana de todo tipo de espectadores.


El teatro necesita de un público especial, que participa de una ceremonia colectiva, en la que cada espectador tiene vidas, intereses, sensibilidades diversas. El público acepta esas reglas de tan grato juego ceremonial. Un espacio y un tiempo definidos por cada espectáculo. Un espacio para observar, un lugar para actuar, para asombrarse y sorprender.

El espectador libre, cuando tiene criterio, tiene el poder de enterrarnos o condenarnos a la tierra del olvido, y en su reverso, colocarnos con admiración y devoción, en el altar sagrado de su memoria.


Son ellos, los espectadores libres, quienes maldicen o bendicen nuestra acción pública.

Pero ante todo, y para fortalecer una cultura teatral, hay que trabajar para la infancia. Y la sensibilidad por las artes escénicas de parte de los niños, no va a llegar por generación espontánea. Crear un público solo puede obedecer a un esfuerzo mancomunado de todas las instituciones adultas idóneas para propiciarlo. Las entidades educativas, las organizaciones culturales que propenden porque el arte se convierta en una experiencia constructiva y formadora, donde los puedan tanto hacer como ver teatro, porque se sabe que ese acercamiento enriquece su percepción del mundo.


Una educación por el arte es una pedagogía de la imaginación. Una forma de conocimiento donde la razón poética es autónoma y que para nada debe ser desdeñada o desterrada de las aulas. Esta es una educación integral, manual e intelectual, que posee herramientas propias, y por ello, necesita espacios adecuados y libre expresión, en los que se pueda ser y crecer.


El teatro aporta al niño un mayor aprovechamiento de sus cinco sentidos y de su cuerpo, la plena utilización de su capacidad cognitiva, en la que la imaginación como músculo desarrolla mucho más la inteligencia contemplativa, para poder entrar en esa dimensión poética que solo se vivencia gracias a ese estado de gracia que genera la experimentación artística.


Los padres o maestros que, desean de verdad posibilitar un gusto por el arte en sus hijos y estudiantes, harían bien de llevarlos, más a menudo, a ver y escuchar buenas obras de teatro. En vez de darles como único alimento espiritual, una sobredosis de pésimo cine o mala televisión.


Si se trata de convertir a los niños en ávidos y libres espectadores, el teatro tiene que llegarles como un hechizo, para poder colarse en su interior de forma misteriosa, y en seguida, ponerlos a viajar con toda la capacidad de asombro que pueda albergar su alma. Es preciso, desde el comienzo, hacerles sentir que no es el actor o el títere, sino él mismo, quien está en el centro de la acción dramática. Debe experimentar que puede estar feliz o triste como el personaje, pero sin saber a ciencia cierta el porqué. Y sobre todo, comprobar que esos mundos imaginarios laten de manera apasionada e inquietante. Si el niño consigue entrar en esa extraordinaria atmósfera, habrá emoción, fervor, consagración y deseo, de revivir la experiencia.


Entre tanto, los creadores tendremos que andar con las antenas bien puestas, para entender qué nos traen los vientos, y poder contagiarnos de lo que va circulando en el aire. Percibir y respirar el oxígeno o los aromas que va expeliendo la vida. Y estar muy alertas, para detectar qué es lo que la enferma y contamina.


Filipo y Matías. Personajes de "Ese chivo es puro cuento"

Un artista vive inmerso en la fiesta colectiva, y también en la amarga pesadilla que habita en las calles. No es un ser aislado del orbe que se dedica a levitar en su pomposa torre de marfil.


Frente al torbellino del mundo o de la vida, una imaginación rezagada, no anticipa, ni edifica nada.


Crear es abrir la puerta que nadie se atreve. Lo desconocido es un misterio y solo quien se aventura es capaz de descifrarlo.

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