Sobre Ernesto Aronna Solano

ERNESTO ARONNA SOLANO 1936 – 2003 El maestro Ernesto Aronna se definía a sí mismo como un “artesano” y creía que los artistas no deben ser intelectuales porque la sensibilidad y la racionalidad son dos cosas distintas; por eso él que se reconocía como un ser más sensible que racional, tuvo como destino ser titiritero.

Contaba que su abuela era italiana y había llegado a Barranquilla como emigrante a finales del siglo pasado, porque en Italia no había trabajo. En esa época Mompós se había acabado y había que fundar otro pueblo que pudiera recoger toda la mercancía que venía del mar y enviarla por el río al interior del país. Así nacieron las Barracas de San Nicolás de Tolentino, hoy Barranquilla. Era un rancherío muy hermoso y muy raro porque como era un puerto llegaban todos los extranjeros, se quedaban y hacían casa y tempos como los de sus países. Llegaron árabes, chinos y europeos, y todos se amañaban, mi abuela desde luego no era la excepción. Ella era de La Calabria pero quiso a Barranquilla como su propia patria. Allí tuvo cuatro hijos y los dejó bien educados. Se llamaba Madama Guisepina pero todos los barranquilleros le decían la Madama Pepina. Tenía una pensión en donde se atendía muy bien a toda la gente y en esa pensión se hospedaron los Sallici cuando vinieron con su compañía de Marionetas en 1.917 [1]. Es por eso que yo tengo con ellos parentesco por que la hija menor de la madama, mi tía Josefina, se casó con el último de los Sallici, que era Vittorio. Por esta razón a todos los Sallici, que eran marionetistas, los hemos considerado siempre como nuestra familia.

Hijo de Gino Aronna violinista y de Carmen Solano Mendoza pianista, Ernesto nació en Barranquilla en 1936, estudió música y luego teatro con Víctor Mallarino en la Escuela Nacional de Arte Dramático del Teatro Colón; trabajó esporádicamente con los Romero Lozano y en algunas compañías españolas que llegaron a Bogotá entre el 55 y el 59. Su vocación artística unida a la herencia de los Sallici y al impacto que habían causado en él los espectáculos de las marionetas del Salzburgo que vio en el teatro Colón en 1955, le llevaron a tomar la determinación de convertirse para siempre en un marionetista. “En el año 59 yo decidí encerrarme solo en mi laboratorio y por mi cuenta y riesgo hacer unos muñequitos de hilo. El 24 de abril de 1960 un primo mío cumplía años, y en esa velada familiar yo armé un retabillo en miniatura y presenté mi propia obra de teatro hecha con muñecos. A todos les encantó pero una amiga que estaba allí me dijo: ¡esto que haces es muy bello y no lo debes tener como hobby sino como un compromiso que debes conservar para siempre! Esa voz no se me ha borrado a mí nunca de la mente y sus palabras fueron como un desafío. Por eso seguí adelante. Luego vinieron personas de mi familia a ayudarme y se fue así formando un grupo de marionetas con el que fuimos a colegios, cárceles y escuelas a hacer funciones gratuitas”.

Posteriormente (1963) decidió oficializar su grupo bajo el nombre de Marionetas de Santa Fe con el cual obtuvo el primer premio en el Festival de Títeres del Colombo Americano realizando en 1.966 y organizado por Príncipe Espinosa. Su repertorio estaba compuesto por obras como “El Pesebre Santafereño”, “La Brujita Buena” y “El Rey con Orejas de Burro”. Así como adaptaciones de óperas, zarzuelas, revistas musicales y obras sinfónicas tales como “La Danzas Polvetzianas”, “El Pájaro de Fuego” y “Tosca”. Por cosas del destino, el Maestro Aronna, fue el depositario de la amistad y conocimiento de Antonio Angulo, el primer marionetista colombiano del siglo XX y también fue el heredero de sus marionetas, telones, decorados y libretos. Seguramente se conocieron en el Teatro del Parque Nacional, del cual Angulo fue director desde su inauguración en 1936 hasta 1950. Él era hijo de uno de los empresarios que trajo al Municipal el espectáculo de los Sallicis, muñecos de los cuales se enamoró y por los cuales se dedicó a este oficio. Durante catorce años Angulo estuvo a cargo de la dirección y programación del Teatro que contaba con un grupo de marionetistas que él formó y entre quienes se encontraban su esposa Rosaura Sánchez, Esther Sarmiento de Correa, José Muñoz y Carlos de la Fuente. Este grupo representaba con muñecos, pequeñas piezas de teatro infantil, comedias, juguetes cómicos y cuadros musicales que se presentaban de manera permanente para los niños de escuelas y colegios de toda la ciudad. A partir de 1950 y tras su renuncia al cargo de director, Angulo junto con su esposa y algunos marionetistas del Parque conformaron su propio grupo llamado “Picolli Alegría”, con el cual recorrieron todo el país, con obras muy influenciadas por la compañía I Picolli de Prodeca que en 1939 se presentó en el Teatro Colón. Después de varios años, Angulo se dedicó solamente a hacer funciones particulares a las que casi siempre iba acompañado de Ernesto Aronna quien compartió con él las alegrías y los avatares del oficio, convirtiéndose en su cómplice y heredero. Cuenta Ernesto Aronna hijo, que en el año de 1969 cuando Antonio Angulo ya se sentía muy enfermo llamó al maestro y le dijo: “Ernesto llévese los muñecos para que siga trabajando y haga sonreír a los niños que yo me voy a hacer sonreír a los ángeles”. Y así… ya en los umbrales de la muerte, Antonio Angulo le heredó a Aronna la obra que construyo durante toda su vida. Para mí, -decía el Maestro Aronna- ese: ¡siga trabajando!, fue como un mandato, y yo como mandato quiero seguirlo haciendo; por eso a mí me fascina representarlo pues es como resucitarlo, él está presente en todas sus obras, en todos sus muñecos”.


Durante los primeros años de la década del 70 Aronna cumplió una importante labor pedagógica con la realización de numerosos talleres en el Teatro del Parque Nacional y hacia finales de esta misma década (1978) inauguró su primera sala llamada “El Tinglado” la cual funcionó en el garaje de una casa ubicada en la Calle 76 con quinta, en donde Antonio Corrales tenía una especie de Café-Concierto, llamado “El Globo”. Un año más tarde, Jaime Manzur – entrañable amigo y colega del maestro- viajo a Estados Unidos y le cedió su espacio en la Fundación Amigos del Arte, una suerte de centro cultural situado en la Calle 45 con carrera 15, que contaba con una galería de arte, una marquetería y una sala de teatro en la que se hacían funciones todos los fines de semana.

En 1.979 obtuvo una beca de Colcultura en desarrollo de la cual viajó por varios países de Europa para dedicarse durante un año a recorrer teatros, museos, librerías, parques y todos aquellos sitios que de alguna manera estuvieran relacionados con su oficio. Años más tarde, con los títeres y marionetas que había traído del otro lado del mar y algunos que había conseguido antes, empezó a concretar su viejo sueño de crear un museo de títere en Colombia. Los primeros pasos hacia este gran proyecto se podían apreciar en varias vitrinas contiguas a la sala de la Fundación de Marionetas Ernesto Aronna, donde los espectadores de fin de semana podían no sólo disfrutar con la función, sino realizar un viaje por el mundo a través de los muñecos.

En el año 1986 la Fundación se trasladó para un teatro ubicado en la calle 53 con 15, en las instalaciones de lo que había sido la Sala de Cine San Luis, allí realizaron durante doce años una programación permanente que incluía teatro de cámara – entre semana- y funciones de marionetas los sábados en la tarde y los domingos en matinal y matiné. El grupo de marionetistas de plata estaba conformado por Jorge Ávila el gran amigo y compañero de trabajo de toda la vida del maestro Aronna, Fernando Escobar, Genaro Sánchez y Elkin. El repertorio de este grupo estaba compuesto por cuentos clásicos infantiles, óperas y zarzuelas, las voces de todos los espectáculos eran pregrabadas, tarea que se hacía generalmente en la Radiodifusora Nacional pues el maestro tenía carnet de locutor profesional y se dedicaba a canjear comerciales para la radio por grabaciones para las obras de marionetas, con voces tan reconocidas como la de Chela del Rio, Dora Cadavid, Elena Rodríguez y Chela Torres conocida como la Negra Candela.

En 1.991 y después de más de treinta años de haber vivido en Bogotá, Ernesto Aronna decidió volver a su ciudad natal pues estaba cansado del poco apoyo que presta el Estado a los artistas en nuestro país y también de los grandes esfuerzos que tenía que hacer para mantener en funcionamiento una sala, que si fuera propia sería lo suficientemente rentable para vivir “dignamente”. Creía que en Barranquilla podía movilizar recursos y amistades a favor de un proyecto cultural que permitiera a los niños olvidados que viven cerca del mar, disfrutar del arte y del teatro de muñecos. Miriam Restrepo, su esposa, no estaba tan convencida del asunto pero junto con sus hijos Ernesto y Carla, de 6 y 4 años, le secundó la idea. Empacaron la casa y todos los muñecos, le alquilaron la sala de la 53 a Hernando Acuña y emprendieron el famoso viaje que solo duró unos meses. La casa nueva era maravillosa pero el calor era realmente insoportable para el maestro quien no logró siquiera sacar los muñecos de las cajas. A Miriam en cambio le empezó a ir muy bien pues aunque es arquitecta, allí se hizo famosa como “modista bogotana” y la gente le hacía filas para que le cosiera. Con el producto de su trabajo y las rentas de su esposo, vivieron cinco meses. Al tercer mes empezaron llegar las visitas de Bogotá, contándole al maestro que el asunto se estaba componiendo; él azotado por el calor, se devolvió a hacer unas funciones de “Orquesta de Señoritas” y no quiso volver. Llamó a Miriam para que pusiera en venta la casa y volviera a empacar todo… dos meses más tarde, fue a traerlos de regreso a la capital. Nuevamente aquí, deshicieron el negocio con Hernando Acuña y volvieron a funcionar en la sala de la calle 53, compraron una casa en el barrio Palermo, en la que siete años más tarde (1998) por razones económicas, decidieron adaptar la sala para poder entregar la de la calle 53 pues lo del arriendo se ponía cada vez más complicado.

Cuenta Miriam, con quien Ernesto se casó en 1983, que uno de los mayores sueños del maestro era fundar una familia, tener hijos, criarlos y acompañarlos a crecer, sueño que ella le permitió cumplir con Ernesto y Carla, ambos “marionetistas desde chiquitos” pues desde muy temprano su padre los vinculó al elenco de la Fundación. Los proyectos de estos dos jóvenes cálidos y encantadores, sin duda giran en torno al teatro de marionetas. Ella ahora con 23 años, estudia administración de empresas, su meta es cualificar y posicionar al máximo la Fundación. El con 25 años, se ha convertido en una joven promesa de las artes escénicas en nuestro país.

Al principio el maestro Aronna –quien enfermó en el 2001 y falleció dos años más tarde - se negaba a que su hijo fuera el heredero de su oficio y lo exhortaba para que estudiara y se dedicara a otra cosa porque “se iba a morir de hambre”-. Ernesto Jr, quien le respondía que si se moría como titiritero se moriría feliz, nunca dudó de su vocación y aunqué su padre no le enseñaba nada de manera explícita, desde muy pequeño “andaba a la pata de él”; quizás por ello a los cinco años empezó a manejar marionetas con un solo brazo pues con el otro se tenía que colgar del puente del escenario para sostenerse. Poco tiempo después, el padre se convenció que no había nada que hacer contra esa fuerza y pasión por las artes que corría por las venas de su hijo y cuando el niño cumplió nueve años, lo invitó a dirigir su primer montaje, él escogió “La cenicienta” y lo hizo de manera magistral. Desde entonces lo acompañaba en casi todas sus funciones fuera o dentro de la sala, sitio en el cual no se podría dirigir a su padre como papi, papá o Ernie como lo hacía normalmente en otros espacios de la vida cotidiana. ¡No! Si estaban dentro del teatro lo debía llamar “maestro” pues si lo hacía de otra manera, su padre parecía no escucharlo.

Este niño que a los cinco años, de tanto ver y oír a su papá decir al comienzo de las funciones “Ernesto Aronna, presenta…. “ creía que su segunda apellido era Presenta y no Restrepo, a los diez y ocho y ya con una larga trayectoria y experiencia encima, se fue a Sevilla becado por la Unión Mundial de Marionetistas. UNIMA, a recibir un taller con Peter Schumann. En Europa tuvo oportunidad de ver muchos espectáculos y descubrió en él un interés especial por los títeres para adultos, tema al cual se viene dedicando desde el 2006 con montajes muy exitosos como “Café Concierto” y “Circo de adulación con banda fúnebre para una idea estúpida” proyecto con el cual obtuvo una de las becas de creación otorgadas por la Asociación de Titiriteros de Colombia. ATICO y la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

Siete años después de su partida, el maestro Aronna sigue presente en la escena cultural de nuestro país, pues pese a las dificultades Miriam y sus hijos no solo han logrado mantener abierta la sala, sino que tienen proyectos para ampliarla y mejorarla. Pero además su presencia y el proyecto al que dedicó toda su vida se perpetúan en cada obra de su hijo quien, alimentado en la fuente de la tradición, da curso a una creación joven y contemporánea, con cuya estética, creatividad y maestría, honra la memoria de su padre.


Ernesto Aronna Solano


[1] Los Sallici eran una familia de Génova (Italia) que tenía una larga tradición de buratinallos, es decir, aquellos que manejaban los buratinos o títeres de guante. Trabajaban trashumantes por toda Italia y se caracterizaban por ser satíricos, sus muñecos que eran una obra de arte, fueron recogidos y organizados en un recinto cerrado que hoy es el Museo del Carmelo Sallici. Esos buratinallos terminaron con Enrico Sallici, quien fundó una compañía de marionetas de hilos. Era un grupo de 30 o 40 personas, casi todas cantaban y tenían orquesta propia. Estos Sallici después de haber trabajado mucho por toda Italia y por algunos países de Europa resolvieron hacer una turnée por el extranjero, así que vinieron a América, primero Estados Unidos, a México, a Cuba, Costa Rica y Panamá y en 1917 llegaron a Colombia.

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