El Pesebre Espina, primer teatro estable de títeres en Bogotá

Dentro de toda la bibliografía y material de prensa revisado con motivo de esta investigación, desde la colonia hasta el siglo XIX, se estudió la obra "Historia Crítica del Teatro en Bogotá" de José Vicente Ortega Ricaurte, en la que se encontró la primera referencia de un teatro de títeres propiamente dicho, era éste el llamado PESEBRE ESPINA. Posteriormente se encontró una versión corregida y aumentada de este mismo artículo en la revista PAN #18 de diciembre de 1.937. Considerando que se trata de la referencia más específica de todas las que hasta el momento se han hecho en torno a los títeres y ante la inexistencia de otro material bibliográfico al respecto, nos permitiremos transcribirlo en su totalidad. ".. y así pasaron los tiempos, hasta que una hermosa noche de diciembre de 1.877 la tercer calle de Florián fue invadida desde muy temprano por centenares de personas ávidas de ingresar al pequeño salón donde por primera vez iba a funcionar el nunca bien recordado Pesebre de Don Antonio Espina. Dicho salón que estaba situado en los jardines de Clopatoski, en el costado oriental de la plazuela del Parque de Artillería, a las ocho de la noche se vio colmado de espectadores, los cuales habían comprado su boleta por la módica suma de cuatro reales.


El éxito de las primeras funciones fue regular por carecer de un repertorio variado. Pero una noche llegó a conocer el Pesebre Don Félix Merizalde. Al saber Don Antonio que estaba allí tan gracioso como ilustre huésped, le mandó llamar para suplicarle le ayudara en aquella empresa. Prometió hacerlo y así lo hizo con su persona y con los señores Carlos Maldonado, Ricardo Millán, Rafael Ponce Frade, Pacho Quintana, Carlos Tabera (a. El Chucho), quedando como elenco artístico de aquel espectáculo los anteriores nombrados más don Antonio y sus hermanas María del Río, las señoritas Olivares y Pereira, el chato Ayarza y otros.

Se anunció pues el nuevo elenco y la primera representación de la comedia intitulada "Don Pedro Taquillas" de Tirso de Molina, la cual volvió locos de entusiasmo a todos los bogotanos por la manera tan asombrosa como se ejecutó la pieza, cuyos actores, MUÑECOS O FANTOCHES, eran manejados con maestría. Desde esta representación en adelante, el salón-teatro se vio colmado todas la noches por nuestra más selecta sociedad.

La niñez de aquella época feliz concurría puntual al pesebre espina, ya para gozar con todo lo que allí se estaba presentando o ya para en los momentos de silencio pedirle mentalmente al Niño Dios que no olvidara traerle en la noche buena los juguetes que con tanta devoción le había solicitado.

Tirso de Molina


La gracia, el chiste fino, la alegría y el talento de quienes formaban el elenco del pesebre, repercutieron en los corazones de todos los bogotanos y hasta en los rincones más apartados de la soñolienta capital.


En ese entonces trabajaban en Bogotá la bellísima soprano Emilia Benic, la Pocoleri Rossi y Epifanio Garay. Una noche que no abrieron para el público las puertas del Teatro Maldonado, resolvieron ir a conocer el Pesebre Espina con el fin de distraerse un poco: fue tanto el entusiasmo de tan connotados artistas por la belleza y gracia de aquel espectáculo que resolvieron no trabajar la noche siguiente para volver al pesebre. Emilia hizo llamar a Don Antonio y felicitarle y rogarle la dejara entrar al escenario para ver la ejecución de los muñecos. Él accedió, como era natural. Una vez estaba allí y admirada por todo aquello que formaba parte del Pesebre, sin saber cómo ni cuando le suplicó a Don Félix, sacara a escena una muñeca y al maestro de Orquesta que era nada menos que Don José María Ponce de León, hiciera tocar un trozo de determinada ópera. Cuan grande sería la sorpresa del auditorio cuando oyó cantar a Emilia Benic, el ruiseñor de Italia, personificada en una bella muñeca! Desde aquella noche cantó en el pesebre asesorada por la Pocoleri Rossi y Garay, diferentes óperas tales como la Traviata, Baile de Máscaras, etc.


El conjunto era hermoso, en el centro del teatro, lado izquierdo, sobre una fértil loma estaba un trapiche en donde se veían escenas campestres magistrales y desde donde el Chato Ayarza cantó nuestros mejores bambucos; al lado derecho estaba situada una chichería en la cual se representaban escenas sorprendentes y por último, casas, castillos, chozas, ríos con atrevidos puentes, molinos, caminos de herraduras y arboledas sombrías rodeaban el escenario por entre las cuales salía el diablo para anunciar el programa.


Escena de la obra "La increíble historia de la nariz del Dr. Freud"

Entre los números que se llevaban a cabo, recordaremos los siguientes: Don Carlos Scholss, súbdito inglés y cumplido caballero, asistía todas las noches al pesebre pero muy serio y callado. Era tanta la seriedad de Don Carlos, que decidieron entre Merizalde y Millán hacerlo reír. Al efecto, vistieron un muñeco de inglés y lo caracterizaron maravillosamente. Hicieron salir a la escena a unos indios de la sabana los cuales danzaban y cantaban y entre baile y baile recitaban una copla; luego sacaron al inglés, quien entusiasmado por la música prometió a los trovadores criollos aprender los versos que le enseñasen:


- a ver sumercé este:

Desde aquí te estoy mirando

la punta de la enagüita

la boca se me vuelve agua

y el corazón me palpita

El inglés con gran entusiasmo y mímica repitió:

Desde aquí yo te migué

al punta de anacauita

y la boca se me llena de agua

y el corazón se me sale.

Viva el parrando!

Una vez en una fiestas

me comí una gurupera

si más me aprieta el hambre

como la silla entera


El inglés:

Una vez en un pagando

me comí un fegno de atgás

que si más me apgiete el hambre cagamba

me como el mulo entego

Me asomé a una ventanita

por ver si la divisaba

mero la quimba topé

del indio que la llevaba


El inglés:

Mi se subipó a un monte

pog veg si la veía

mí no encontró sino el alpaggate


Una carcajada proveniente de la platea, llamó la atención de Merizalde y Millán, quienes dieron al momento con su autor: Don Carlos.


Cada una de las partes del programa del pesebre, era recibida siempre con salvas de aplausos. El maromero, manejado por seis individuos con una maestría tal que dijo de él Don Diego Fallón que: aplicándole el binóculo se le veían inyectar las venas. Las comedias hechas exprofeso tal como "Un novio como una torta" que resultó un éxito para sus autores Maldonado y Merizalde; las sesiones del Congreso que eran una crítica mordaz para los señores legisladores: el seminario, el despacho parroquial, la escuela militar, y la vida y milagros de Don Vicente Montero, que constituyó un triunfo artístico y pecuniario para los dirigentes del pesebre.


En los exámenes de la escuela se hacía derroche de "chistes flojos". Uno de aquellos consistió en que el maestro le preguntaba a un discípulo estúpido y desaplicado:


- Señorito Penagos: Qué le dijo el Arcángel a María cuando le anunció el nacimiento de Jesús?

- Dios te Salve María, llena eres de gracia, el señor...

- Y qué le contestó la virgen?

- Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros...

contestó Penagos rápidamente y cananeando.


Aranza y Ayarza cantaron nuestros más bellos bambucos y recordaron a los santafereños las coplas más sentidas, que se oyeron años atrás en la boca diminuta de Cebollino:


Ojos de cuya hermosura

descifrado mi amor veo

negros como mi ventura

grandes como mi deseo

Ayer pasé por tu puerta y

me tiraste un limón

el jugo me dio en los ojos

y el agrio en el corazón

El perder una bonita

no es perder ninguna joya

es lo mismo que perder

de la jáquima una argolla

Decís que no me querés

porque soy un pobre mozo

yo soy como el espinazo

pelado pero sabroso.


La vena lírica del maestro Ponce de León estaba siempre pronta y a cualquier hora para brotar. Una tarde de diciembre de 1.881, Don Antonio le mostró la letra de una opereta o farsa lírica. Ponce le preguntó con qué instrumentos contaba, le pidió lápiz y papel, sentóse a escribir y a las nueve de esa misma noche se ejecutó la música y a voces esa travesura con melodías originales que entusiasmaron al auditorio.


En los primeros días de diciembre de 1.882 el pesebre pasó del local ya mencionado a la escuela de Santa Clara situada en el lugar que hoy ocupa el Teatro Municipal.


Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán, antiguamente Teatro Colombia y la Escuela Santa Clara

A pesar de las protestas de los prelados y sacerdotes, una dama de vida no muy recatada, fundó en las cercanías de la Estación de la Sabana una casa o academia nocturna de baile. Con este motivo, Merizalde y Millán, hicieron una crítica al respecto. Preguntado al fantoche o muñeco que manejaba Don Félix qué definición se le podía dar a aquella casa, respondió filosóficamente: Es una casa a la cual van los muchachos mal de las casas bien y las muchachas bien de las casas mal.


Interminable tarea sería enumerar uno a uno los rasgos del ingenio que brotaron del Pesebre de Don Antonio Espina. Allí mostraron su vena humorística, Jorge Pombo y Clímaco Soto Borda; se recitaron muchas fábulas inéditas de Marroquín y Pombo; allí el Maestro Ponce de León deleitó con su música ensoñadora; allí se oyeron nuestros más sentidos bambucos y se demostró hasta la saciedad que el ingenio bogotano ha sido siempre una fuente inagotable de riqueza intelectual.


Y cerramos este breve bosquejo sobre el más saleroso espectáculo santafereño, recordando las conocidas coplas que desde el Trapiche cantaba al son de su guitarra, el Chato Ayarza:


Molé trapiche molé

molé pues, si sos tan guapo

que la hornilla tiene leña

y el fondo quiere guarapo

El tiempo que yo perdí

cuando me puse a querer

hubiera sembrado caña

ya estaría para moler

Tres cosas hay en el mundo

que no se pueden guardar

una cocina sin puertas

mujer y cañaveral

La caña con ser que es caña

también siente su dolor

si la meten al trapiche

la muelen el corazón.[1]


  1. [1] Ortega, José Vicente. "El Pesebre Espina" en Revista PAN No. 18. Diciembre de 1.937.

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