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Los albores del siglo XX


El comienzo de siglo en Colombia arriba en medio de festejos y esperanzas por una patria mejor en la que reine la paz, el trabajo y el progreso. En efecto, casi cincuenta años de guerras sucesivas han sumido al país en una bancarrota económica y han enlutado casi todos los hogares. Al igual que hoy, en todos los rincones hay clamores de paz, se erigen monumentos, se elevan plegarias y hasta se hacen esfuerzos por conseguirla. Así, haciendo borrón y cuenta nueva por fin en 1.902, Colombia ya con su brazo panameño mutilado, intenta reconstruirse, dibujar de nuevo la estabilidad y la armonía para enfilarse por fin hacia el progreso. No obstante, los primeros cinco años no tienen nada nuevo que mostrar a los últimos del siglo anterior: si bien los periódicos ya no hablan de las catástrofes de la guerra, si anuncian diariamente los desastres económicos producto de ella.


Bogotá, paradójicamente llamada la Atenas Suramericana, es para entonces una ciudad a media luz; sus calles y plazuelas empedradas son escenarios de todos los contrastes: una ciudad por la que circulan carruajes y mulas, que se acicala con perfumes franceses y que se atavía con mantas indígenas, una urbe que se emborracha en las chicherías o se divierte en distinguidos salones en los que se habla el más refinado francés; para muchos una ciudad melancólica y con ritmo conventual, pues si algo ha permanecido intacto en ella de su herencia colonial, es su aspecto sombrío y su vida rutinaria.


Pese a los nuevos tiempos, la vida diaria y cultural de la ciudad sigue el mismo curso: fiestas civiles y religiosas continúan siendo las más frecuentes formas de distracción de sus melancólicos habitantes; riñas de gallos y corridas de toros para los obreros y los artesanos; carreras de caballos y tertulias en el Jockey Club heredadas de los ingleses, para los aristócratas bogotanos.


Por su parte el Teatro Colón y el Municipal, únicos escenarios bogotanos de la época, tampoco ofrecen mayores innovaciones a sus espectadores; óperas y zarzuelas con mucha frecuencia, de cuando en cuando un concierto, y remotamente un mimo. Continúan igualmente otros espectáculos públicos como los circos, los magos, el teatro de variedades y los acróbatas. Al parecer la mayor primicia de estos primeros cinco años fue la llegada de un ventrílocuo venezolano que se presentó en el Municipal y recorrió con éxito varias ciudades del país.


A partir de 1.905 al lado de titulares que anuncian nuevas medidas económicas, reformas políticas y administrativas que buscan la estabilización del país, emerge alegremente una nueva noticia, que con otro carácter, causa revuelo nacional y ejerce gran impacto en la cotidianidad de sus habitantes: la aparición en Bogotá del Kinetoscopio.


Kinetoscopio

Este aparato inventado por Edison en 1.891 y mediante el cual se podían proyectar imágenes móviles, irrumpió con gran éxito en el Salón Veracruz de Bogotá en 1.906. Allí pudieron apreciar los bogotanos un variado repertorio de películas cortas con títulos tan divertidos como: "El mono educado", La mujer más bella del mundo haciendo una visita", "El modo anticuado de sacar las muelas" etc. Tanta acogida tuvo entre el público este novedoso aparato que muy pronto se inauguró en Bogotá para competir con el Bazar Veracruz, el kinetoscopio Edison, el cual ofrecía la atracción adicional de una orquesta para amenizar los intermedios. Las notas de prensa destacaban las grandes colas en el Municipal para presenciar el espectáculo y la enorme presencia femenina que presurosamente acudía a disfrutarlo.


Sin duda el rotundo éxito del kinetoscopio tuvo que ver con lo novedoso del aparato; sin embargo el principio que rige su funcionamiento no era completamente desconocido para los bogotanos quienes ya en el siglo pasado habían presenciado funciones de "linterna mágica" e ilusiones ópticas, estas últimas, dentro de las variedades que ofrecía el famoso Pesebre Espina.


Es en ese mismo año que el Teatro Municipal trae otra sensacional innovación: el Cronófono, consistente en una ingeniosa combinación de las imágenes móviles y el fonógrafo. Esta maravilla técnica del momento, se constituyó en la primera tentativa de cine sonoro y hasta parlante, en un aparato acondicionado para el doble uso aunque la coordinación entre imagen y sonido o voz humana no fuese siempre la más afortunada posible. Pese a las imperfecciones y a los "chascos" que se convertían en una diversión adicional para los espectadores, el éxito del cronófono continuó en ascenso a tal punto que en 1.908 se hacían funciones infantiles en las que además de la película se hacían numerosas rifas de juguetes.

Cronófono y kinetoscopio, se convierten en el mejor antecedente para asegurar el éxito del cinematógrafo comercializado en Colombia por los hermanos Di Doménico, empresarios italianos que llegaron en 1.910 en busca de un mercado más amplio para las películas italianas que traían y que ya habían sido exhibidas durante largo tiempo en la isla de Martinica. El entusiasmo de los bogotanos por el cine unido a la gran visión empresarial de los Di Doménico hizo posible la construcción en 1.912 del monumental Teatro Olympia, primera sala diseñada exclusivamente para cine, pero que por su gran capacidad y amplitud, era eventualmente adaptada para la presentación de otro tipo de espectáculos los cuales curiosamente eran auspiciados por los mismos empresarios.


Teatro Olympia

Fue así como la empresa de los Di Doménico empezó a diversificarse dedicándose no sólo a la exhibición de películas sino a la producción de las mismas, pero además, a la contratación de compañías extranjeras de ópera y operetas. Más tarde su nombre estará ligado también a la presentación en Colombia de famosas compañías italianas de marionetas.

Pese a que en el mundo entero la aparición y auge del cine se convirtió en la pesadilla de los actores de teatro, en Colombia, se dio un curioso fenómeno y es que paralelo a la gran acogida que aquí tuvo el cinematógrafo, se da también a partir de 1.910, una gran proliferación de espectáculos extranjeros de diversa índole, que van desde la ópera hasta los excéntricos y transformistas, pasando por importantes músicos y bailarines.

Bogotá, ya en la segunda década del nuevo siglo, tiene nuevos visos de modernidad y ahora con sus cuatro espacios teatrales: el Colón, el Municipal, El Teatro del Bosque de la Independencia y el Teatro Olympia, empieza a figurar dentro de la ruta de compañías de espectáculos, europeas y latinoamericanas.


Dentro de los variados espectáculos extranjeros que visitaron nuestro país durante la primera década del siglo y mitad de la segunda no se encontraron evidencias de espectáculos de teatro de títeres o marionetas; sin embargo, sí se tiene referencia de algunas obras presentadas en Bogotá que nos aproximan ya a los muñecos.


En 1.908 se presenta en el Teatro Municipal la obra "La Puppé" con la actriz mexicana Esperanza Iris, quien en una magistral representación deslumbró al público bogotano con su maleable rostro de muñeca y sus movimientos mecánicos y milimétricos. En 1.913 , la compañía argentina Fabregás estrenó en el teatro Colón la obra "Los Fantoches". Aunque desconocemos su temática y su tratamiento, el título que lleva (palabra española de origen italiano Fantoccio que significa Muñeco) nos permite pensar que hace referencia a los títeres, sin que esto necesariamente implique que se haga uso de ellos en la representación. En 1.914 la Compañía Dramática Caraclt (¿?), que trae representaciones de teatro moderno, se presenta en el Colón con la obra "La Mano Gris" del género del gran guiñol.


En realidad, comparativamente con otros, la presencia en Colombia de espectáculos extranjeros de títeres o marionetas ha sido muy escasa; sin embargo, Compañías como la de don Juan Cassola en 1.918, Los Fantoches Líricos de Sallici en 1.917, La Compañía I Piccoli de Podreca en 1.939, marcaron, por lo menos en la primera mitad del siglo XX, hitos importantes que señalaron el rumbo de la historia de los títeres en nuestro país.