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El ánima poética y contemporánea del teatro de muñecos y objetos


Por Iván Darío Álvarez


El oficio de demiurgo del titireteto me ha llevado a rendir un culto mágico y simbólico a objetos y muñecos, a quienes veo como metáforas físicas de un mundo poético y viviente. Su cosmos es un universo irreal, fantástico e insospechado; a través de ellos se puede hacer hablar la realidad de un modo diferente, al conectarse con claves secretas del espíritu que anhelan esta clase de presencias y manifestaciones.


Nuestro niño interior está poblado de esta secreta savia. Esto, no quiere decir que nos inclinemos necesariamente por una infantilidad ñoña, trivial y carente de significados. Como adultos, el juego animista que pretendemos nos arrastra a mundos interiores más complejos. Lo cierto es que el muñeco o el objeto al servicio de una envoltura dramática, pueden despertar estados mentales que invocan el milagro de la materia viva en movimiento, de una manera muy distinta a la que puede provocar el actor de carne, sangre y huesos. La encarnadura simbólica de los muñecos y los objetos encierra contenidos e imágenes que les son propios. Sus posibilidades plásticas transgresoras pueden alterar formas y dimensiones colocándonos en las fronteras donde la visión de los sueños puede conducirnos al paisaje desconocido de una nueva realidad. Se trata de conspirar para desatar con ellos la luz que ilumine 'otras cosas' o seres inusuales, sólo advertidos por la poca lucidez de la imaginación.


Estamos convencidos de que el ser humano es un muñeco que puede verse a través de títeres que no sean el fiel reflejo de su imagen. Así mismo, nuestra especie está rodeada de un sinfín de objetos naturales o artificiales, autómatas, que no necesariamente están condenados a tener el valor funcional que la vida humana les ha asignado cotidianamente. La imaginación artística nos dicta, como titiriteros o como animadores mágicos de mundos paralelos, que podemos servirnos de esa pluralidad de seres y objetos, para emprender un viaje a regiones oníricas nunca antes visitadas y que quizás laten en el fondo de un inconsciente colectivo que permanece aún dormido.


Ese cuerpo de lo real siempre mutante nos inspira, nos coloca en un plano de valoraciones fecundas, siempre y cuando nos sumerjamos en su parte invisible, en su ser no explorado. Es necesario recrear los siglos icónicos del teatro de títeres, los utensilios de la vida práctica y conducirlos a atmósferas significativamente sugestivas, rituales, casi fetichistas, donde el ejercicio de percibir sea invitado a ser también creador. Esa reinvención lúdica torna maleable la vitalidad de la materia o al muñeco inquietante, sirviendose del escenario, de la luz, del color, como territorios que revelan mundos que antes se creían no existentes. Ese planeta escénico ignorado late en la piel del muñeco y el objeto. La misión del animador es poder hacer visible la textura de su historia, de su alma.


La materia inerte ignora que puede cobrar forma en multitud de vidas antes irreales. Ella espera en su silencio un demiurgo necesitado de crear su mundo y cuando lo encuentra, le habla, le grita, le objeta. Proclama su urgencia de sentir, su derecho a existir más allá del espacio que la sido asignado en el marco de la realidad de todas las cosas y entonces halla en la ficción de su creador su alma oculta. La imaginación traviesa de su autor la invita a recrearse, a reinventar su función decorativa o utilitaria, a tornarse en personaje, en máscara enigmática, en ser viviente siempre deseoso de convertirse en otras criaturas. Bajo su luz, una poética del espacio se dibuja como un horizonte inexplorado para el objeto, un nuevo sol lo ilumina como un reflector y con él estrena una imaginaria piel que lo transforma en personaje múltiple.


El objeto inanimado se redimensiona bajo la gracia que por fortuna le imprime el juego simulador de la vida, ahora llevado de la mano juguetona de un titiritero burlón que ha decidido remedar a algún dios. El ego lúdico del demiurgo ha querido reproducir la farsa de la vida, valiéndose de su prestidigitación y la simulación consciente que pretende que los objetos animados sientan o les duela ese mundo de ficción, en el que su creador fantasioso los ha atrapado. El titiritero-dios hace extensiva la vida en su espacio imaginario, fabula con la existencia ficticia de sus criaturas.

César Santiago Álvarez e Iván Dario Álvarez.

El animismo lúdico y drámatico es una falsaria atribución de vida, un modo postizo de prestar intenciones y deseos a objetos inanimados para que se expresen de muchas formas y actúen su propia ilusión. En ese juego simbólico no hay ánima sin animador, no hay objeto sin sujeto, no hay existencia sin el soplo de vida del aciago o dulce demiurgo. Así como lo hacen los niños, los aprendices de demiurgos convierten mediante el poder mágico de su inquieta fantasía a sus juguetes inanimados en objetos vivos.


El valor significativo de un muñeco o un objeto depende mucho de su forma y corresponde al animador encontrarle sentido o contrasentido. Un muñeco abstracto puede remitirnos en su animación al comportamiento de un ser humano o a un animal, un objeto puede haber sido modelado por la naturaleza o haber sido fabricado por las manos del hombre, en uno u otro caso, su presencia física delata posibilidades significantes distintas. El material como la forma, es un lenguaje y sean como sean, sugieren un idioma imaginativo para un nuevo uso como sujetos corpóreos del tiempo y el espacio de la escena.


Esas significaciones dadas a los muñecos u objetos son la carne viva que nutre la acción, la imagen o el conflicto. Los muñecos o los objetos pueden oponerse entre sí, yuxtaponerse como símbolos contradictorios de fuerzas enigmáticas que permiten ver interpretadas por el actor-animador de múltiples maneras, dependiendo de la dirección y una puesta en escena que cosecha, más que respuestas definitivas, sutiles asombros e interrogaciones para el espectador.


La fuerza ancestral del títere lo ha cargado de un poder de seducción hechicero dotándolo como metáfora, de un sinfín de signos gráficos y simbólicos que le permiten darle cuerpo a fantasías visuales infinitas. El moderno teatro de muñecos y objetos le sigue proporcionando su magnetismo milenario, buscándole novedosas cualidades dramáticas a todas las cosas, activando su atractivo material, valiéndose del reciclaje creativo, de la recolección inteligente que adopta y adapta a los objetos abandonados, a las cosas desechadas y despojadas de valor e identidad, para que se transformen gracias a la acción escénica en materia prima no indagada de la imaginación.

Cada cosa conspira contra ella misma, puede trascender su antigua función, su empleo habitual. El objeto cuando se le anima de inmediato quiere ser otro, se desdobla, la plancha se vuelve barco; la mesa trinchera; el lápiz, puñal. La imaginación del animador subvierte las propiedades físicas de la materia, su acción hace hablar sus otras formas desconocidas, le increpa desde su imaginación cuando tiene el don magistral de hacerle mirar su cara oculta en el espejo indiscreto de la dramaturgia, o hacerle reducir mediante la animación sus texturas dicientes o insinuantes. Se despliega su vida en variantes, en mutaciones aleatorias, lo que quiere mostrarse deja ver su novedad, sus ansias de evolución, de metamorfosis. El títere, el objeto, son algo más que un actor vivo, son seres artificiales, artefactos móviles de la fantasía, capaces de engendrar actos escénicos, pasiones dramáticas e irónicas. Incluso pueden llegar a ser actores no humanizados y tener como destino una vida en el escenario completamente efímera. Inmolarse en función de la poesía y renacer en cada representación. Los objetos se pueden cargar de energías significativas, comportarse al antojo del artista animador, quien al amparo de su presencia puede escribir en el espacio vacío sus secretos, su historia no revelada. El cuerpo mismo puede fragmentarse, convertirse en títere, enmarcarse como objeto. Trazar un mapa sobre la piel para que sea redescubierto en otro lenguaje.


El teatro de títeres u objetos contemporáneo es el teatro de lo imposible, de la imaginación plástica, de la utopía, del absurdo, de la crueldad, de la sátira, de lo grotesco, de lo inverosímil, de lo abstracto, de la duda. No se siente bien al servicio del naturalismo, del realismo chato. Es rebelde a la cárcel de sus propios logros, no se detiene en sus búsquedas técnicas, está sediento de poesía y para seguir su paso por el mundo urge de duendes radicales, capaces de jugarse la vida, por la vida misteriosa de la materia y el lenguaje lúdico que encarnan todas sus formas.

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