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La Libélula Dorada y El Dulce Encanto de La Isla Acracia

Alfredo Gómez Muller


Una libélula es un lindo y pequeño insecto que, por el movimiento sumamente rápido de sus cuatro alas transparentes, se mete hábilmente entre las setas y matorrales. Este pequeño ser, tranquilizante y fino, puede ya maravillarnos; imaginen ahora una libélula dorada brillando bajo la luz del sol y haciendo vibrar silenciosamente sus alas y su cuerpo delgado. Esta imagen podría ya enriquecer nuestra realidad cotidiana y, tal vez, contribuir a quebrantar la pesantez de una cierta visión del mundo, en la que el “realismo político” y la planificación dominación del tiempo han expulsado el sueño y la esperanza o, por lo menos, les han dejado un lugar ínfimo e insignificante en la vida cotidiana.

Quebrantar la pesantez, sacudir la inercia ambiente, abrir las mentes al maravilloso que nos llama parece esperarnos en alguna parte: esta es la tarea de “La Libélula Dorada”, este grupo de titiriteros colombianos creado en 1976 e integrado por tres actores: Jairo Ospina, César e Iván Darío Álvarez. Sus representaciones, que se dirigen sobre todo a los niños, pero no solamente a ellos, tienen por objetivo liberar la imaginación y la espontaneidad del público participe; sus cuentos tratan de romper las caricaturas morales un poco demasiado burdas que parecen usuales en la mayoría de los cuentos para niños – como si los adultos proyectaran en el niño su propia incapacidad en comprender los matices y sus costumbres reduccionistas.


Cinco años después de su creación, “La Libélula Dorada” ha llegado a ser sin duda uno de los mejores grupos de titiriteros hispanoamericanos. Sus representaciones tienen lugar en los teatros, en la calle, en las universidades, en las empresas, en los pequeños pueblos del campo. Su mérito no se reduce a los solos logros técnicos – y, al respecto, su dominio admirable de los diferentes procedimientos del juego de los títeres es admirable -, ni tampoco a la calidad de su puesta en escena; su principal mérito para nosotros, y que apoya el conjunto, es de haber sabido crear verdaderamente, de haber logrado desarrollar un imaginario original y acorde con el proyecto de una sociedad sin poder. Porque son ellos mismos los que crean sus historias (“queremos crear nuestro propio estilo y nuestra propia dramaturgia”, dicen) y, claro inventan y fabrican sus propias marionetas; además todo su trabajo de montaje, creación y dirección se hace de manera colectiva. Así es como montaron ya, entre otras, las obras siguientes: “La Rebelión de los Títeres”; “Los Héroes que vencieron todo menos el miedo”; “La niña y el sapito” (para adultos); “El Dulce Encanto de la Isla Acracia; y últimamente, una obra con el título sugestivo de “Sinfonías Inconclusas para Desamordazar el Silencio”.

Hemos podido ver recientemente El Dulce Encanto de la Isla Acracia, cuyo texto fue presentado en 1979 como contribución a la nueva literatura infantil en el XII Congreso de Escritores y Profesores de español y Literatura, en Neiva (Colombia). En esta obra, dicen, (…) “ pretendemos viajar en compañía de los niños al maravilloso mundo de los piratas, ya casi enterrado en el olvido, donde la aventura y la ilusión nos llevan en busca de un tesoro milenario que esconde, como un secreto, una isla imaginaria, situada más allá de las fronteras y los mapas: la isla Acracia.


Es la historia de tres amigos piratas: Dreyfus, Malatesta y Shaflan, que recorren los mares en busca del amor y la libertad. En la primera escena, conocemos su historia individual: Shaflan, que era un muchachito con la cabeza llena de ideas y de imaginación (y de piojos, según decía su padre), quería ser navegante. A pesar de la oposición de su padre, que quería encontrarle un “buen trabajo”, se embarcó en un buque ballenero, recorrió los mares del sur y tuvo aventuras en el polo norte, antes de volverse pirata en las costas africanas y encontrarse con Malatesta. Este fue también un niño que, en la escuela, estaba fascinado sólo por las historias de los grandes viajes: “La maestra: Malatestica Estas no son horas para leer libros de historia, estamos en matemáticas (jalándole la oreja) A ver, la tabla del 7. (Malatesta alza los hombros).


Malatesta: Sin embargo mientras mi maestra seguía hablando yo seguía leyendo… bla… bla… y horror de horrores, mi corazón se llenó de ira tan pronto como me entere de que los Españoles perseguían y mataban a los indígenas de una forma cruel y sanguinaria. Y así fue como ni corto ni perezoso, un día me hice a la mar para acabar con cuanto español encontraba martirizando a los indios (…)”


Y así, a partir de ese día, Malatesta empieza a ser conocido bajo el apodo de “El exterminador”, así como el ángel del Apocalipsis llamado en hebreo Abaddon – que significa destrucción, perdición. Dreyfus, por su parte, fue mandado por su padre a una escuela de mosqueteros. Pero esa profesión, hecha sin embargo de aventuras de capa y espada, no podía satisfacer el espíritu del joven Dreyfus, quién, aburrido, decidió igualmente hacerse a la mar. “Un día al llegar a un puerto conocí a un tipo de aspecto verdaderamente extraño”: Era el sabio Carioli, con el cual tubo largas conversaciones filosóficas:


Carioli: Yo creo que el hombre debe ser libre e igual.

Dreyfus: Estoy de acuerdo, sabio Carioli, pero creo que el hombre sólo podrá ser libre en el mar.

Carioli: ¿En el mar? Eh… mar más libertad igual… ¡claro!

Carioli y Dreyfus: Y así fue como nos hicimos piratas.

Dreyfus: Nos tomamos un barco. Vivimos en una isla y gozamos y compartimos honrada y honestamente el producto de nuestro trabajo.


Nuestros tres piratas no son, pues, simples “aventureros”: No se hacen a la mar para escapar a la “rutina”, sino para meterse con cuerpo y alma a perseguir un ideal de justicia y libertad, o como dice la canción de la escena II, buscando a quién amar. Son “Aventureros” porque se abren a lo que debe llegar; en este sentido todo “revolucionario” tendrá que ser un “aventurero”. Divisaron en la lejanía la posibilidad del amor y la libertad y, al descubrir lo incompleto de la realidad presente, van más allá de sus fronteras demasiado estrechas. Este “ir más allá” es el corazón mismo de la aventura. Así mismo “se aburren” dentro de una realidad que, encerrada en ella misma, ahoga el ideal bajo el peso de la costumbre, el egoísmo, la reproducción mecánica de las relaciones basadas en el espíritu del poder.

Pero su barco Cascabel naufraga. Nuestros tres amigos se estrellan en una tierra desconocida, en la cual reina un poder totalitario cuyo absurdo puede ser ilustrado por el discurso de la Reina el día en que nombrada por su Majestad su padre, asume la dirección del país:


“(…) Durante mi reinado, habrá para todos los niños un gran parque de diversiones, donde los rodaderos serán de papel de lija y los columpios sin ningún movimiento (…). En navidad, a cada niño le será regalado un par de patines con ruedas cuadradas y una bicicleta con ruedas de aplanadora”.


En cuanto a la libertad de expresión, “sólo los mudos tendrán derecho a hablar”.

Esta ceremonia de traspaso del poder, que no deja de recordar la realidad histórica de buen número de países latinoamericanos y otros, es interrumpida por un acontecimiento inesperado: el viejo pirata Barbas Vila (juego de palabras con el nombre del escritor del siglo 19 J.M. Vargas Vila) aparece de pronto y se apodera de la corona real. Pero demasiado viejo ya para ejercer su oficio, es rápidamente alcanzado por la guardia real; luego de un intercambio de estocadas, cae herido de muerte. Dreyfus, que pudo intervenir en el último momento y ahuyentar a los guardias, recibe de la boca del moribundo una revelación insólita: se trata de la existencia de un tesoro de una “riqueza incalculable”, enterrado en alguna parte de la isla Acracia; recibe, en compañía de Shaflan, el mapa indicando la localización de la isla y su tesoro.


“Entierran” a Barbas Vila echando su cuerpo al mar y cantando:

“Nuestra patria es el mar

Nuestra ley la libertad

Todo pirata debe morir

Debe morir en el mar”.


Luego se reúnen con su compañero Malatesta en un bar llamado “El lobo Marino” y, juntos, logran apoderarse de un barco del rey. Es viejo, pero “parece como si el tiempo no hubiese pasado por él”. Deciden llamarlo UTOPIA. Pero, ay, en el transcurso de la operación, perdieron el precioso mapa de Barbas Vila, uno de los guardias lo encontró y lo dio al rey, el cual, feliz, exclama: “Por fin seré el rey más rico y poderoso del universo”.


Nuestros amigos deciden proseguir su viaje, sin embargo, otras peripecias los ponen al borde de la desesperación: Shaflan, muerto de cansancio, se duerme y oye el llamado de unas sirenas que lo invitan a bailar; va hacia ellas y se despierta, sólo, en medio del mar; poco después, debe enfrentar un monstruo marino que casi ahoga a Malatesta y se lleva todos sus víveres. Hambrientos deciden pescar. De repente, Shaflan siente que su caña se estira: hala y trae a bordo, quién lo hubiera podido imaginar – la pequeña sirena que había conocido en sueños. A cambio de su libertad – porque en un principio querían comerla – les propone llevarlos a un país donde podrán comer a voluntad.


Pronto llegarán a una isla maravillosa – un aviso indica que se llama Acracia – donde se ven cantando y bailando animales y plantas. Pero el rey ávido de poder, también está en el suelo de Acracia; manda inmediatamente a un guardia a buscar el tesoro en el fondo de un hoyo; una vez en posesión del preciado cofre y no queriendo compartirlo con nadie, decide abandonar a su fiel guardia en el fondo del hoyo. Pero la noticia de la intrusión en la isla ya es conocida por todos sus habitantes. Todos los animales se movilizan y queman los buques del rey; un sapo que pasa cerca del hoyo violado escucha el llamado (los gritos de auxilio) del guardia:


Sapo: ¡Eh! ¿Qué hace usted ahí?

Guardia: Mi rey me ha abandonado.

Sapo: ¡Bah! Eso le pasa por confiar en reyes.

Guardia: Tal vez tenga usted razón, pero porque no me ayuda a salir de aquí.

Sapo: No sé si deba hacerlo. Está bien. Deme su mano (lo saca).

Guardia: Gracias, ¿Y cómo podré pagarle lo que ha hecho?

Sapo: (Enojado). Suficiente con que abandone Acracia en el acto.

Guardia: ¿Pero, porque?

Sapo: Porque en Acracia no queremos ni necesitamos guardias.

Guardia: ¿Y si yo dejase de ser guardia del rey?

Sapo: Siendo así podría vivir en Acracia.


Mientras tanto, nuestros amigos viven extrañas experiencias: Dreyfus encuentra una flor, que lo pone al tanto de lo que está pasando. Se enamoran el uno al otro: la margarita piensa que sería maravilloso vivir con un pirata, porque como los piratas viven en el mar, a sus pétalos nunca les faltaría el agua; Dreyfus le contesta que también sería maravilloso vivir con una margarita, porque el aire nunca faltaría a sus pulmones y la poesía llegaría a él como por encanto. Malatesta encuentra a su “doble” en más pequeño (Malatestica) que se burla de cierta tendencia a la vanidad que afecta a nuestro héroe. Esta isla “parece un espejo que me reduce, con ganas de burlarse de mi bella imagen”, dice. En Acracia la inautenticidad va perdiendo.


Desesperado el rey intenta el último recurso de los potentes: pretende comprar su huida con el tesoro. Pero sus propuestas habituales no tienen gran efecto aquí:

“El rey: (…) Si me ayudan a escapar les regalo el cofre del tesoro, pero sin el tesoro. O mi elefante que se disfraza de ratón. O el único canguro que baila salsa en este país (…)”.

Un gusanito, alzando una espada, lo hace salir corriendo; él cae sobre Shaflan, con el cual lucha hasta el momento en que cae (en el descuido), en un precipicio.


Por fin, nuestros amigos pueden abrir el cofre. Están maravillados:


Todos: ¡Ohhh!

Shaflan: Miren, es hermoso. Son grandes bloques de oro.

Malatesta: Pero no es oro.

Dreyfus: Sin embargo brilla como el oro. Miren aquí hay un gran bloque (lo saca). Es una “ele” ¿y para qué sirve una ele Malatesta?

Malatesta: Puede ser para luchar.

Shaflan: ¿Y está A?

Malatesta: Para amar.

Dreyfus: ¿Y ESTA “B”?

Malatesta: Pero volar es con “v” pequeña.

Dreyfus: No importa capitán, volamos bajito, je, je, je.

Shaflan: ¿Y esta “D”?

Malatesta: Para divertirnos.

Dreyfus: ¿Y esta “I”.

Malatesta: Para inventar.

Shaflan: ¿Y esta “T”?

Malatesta: Para hacer teatro.

Dreyfus: ¿Y esta “R”?

Malatesta: Para renacer.


Pero la libertad – el tesoro de Acracia – no se podría considerar sola: no se cumple plena y auténticamente sino en estrecha relación con “algo” inconmensurable: el Mar. Dreyfus y el filósofo Carioli han hablado de Mar más la Libertad como clave de la felicidad. En las diversas canciones que contiene la obra, el mar se describe alternativamente como morada (“patria de los piratas”), como vida, como belleza, como lo que permite alcanzar el amor. Siendo “grande como el amor” es la infinidad misma, inconmensurable como la mirada del venerable Barbas Vila, “profunda como el mar”.


La Libélula Dorada nos interpela, como ya interpelo al público colombiano. Nos llama a duplicar, hoy en día, nuestro esfuerzo de creatividad: “Cabe esperar que otros seres alimentados de nuevos sueños, más locos e inventivos y menos desesperados que los piratas, nos devuelvan el retorno a la creatividad, no a través de la guerra sino de la imaginación”. La “Libélula” parece haber comprendido que el gran desafío de la anarquía autentica, y lo que debería distinguirla esencialmente de otros caminos tales como el marxismo, es su posibilidad de meterse en un camino que no esté hecho de odio: así como el sapito de la isla Acracia que, sin renunciar a su ideal y precisamente para no matar el mismo ideal, es capaz de perdonar y dar la mano.


El mensaje libertario de la “Libélula Dorada” es un mensaje de belleza en estos tiempos en que lo feo parece imponerse en todas partes, incluso en los medios llamados “revolucionarios”; de lucha, de esperanza y amor. Una simple canción infantil, imagen del asombro y de lo maravilloso, podrá expresarlo en pocas palabras:


“Oh qué bello es el mar

Tan grande como el amor.

En él navegan mis sueños

Rumbo hacia tu corazón.

Algún día de juego y de fiesta

Con un arco iris con orquesta

Nos bañaremos en el mar

Y nos secaremos en los labios del sol."


Texto publicado en la Revista “Lyon” de Francia en 1981.

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